Con la propagación de la pandemia, la vida silvestre se asomó por las ciudades. ¿Podría el mundo moderno volver a la normalidad cediendo un espacio a la naturaleza?

El 30 diciembre de 2019, Li Wenliang, un oftalmólogo chino de 34 años que trabajaba en el hospital de Wuhan, reportó al gobierno de su país varios casos de personas que presentaban síntomas parecidos a los del SARS, un virus que en 2003 había provocado una epidemia. Muy pronto la ciudad se encontraba totalmente acordonada: once millones personas tenían estricta prohibición de salir de sus casas. Pocos días después, cuando la OMS alertaba sobre un problema de salud internacional, Li Wenliang falleció conectado a un respirador, asfixiado por una enfermedad que aún no tenía nombre.

El primer caso de COVID-19 fue reportado en Colombia el 6 de marzo. Una semana después, la OMS declaró el estado de pandemia. Alertado por la situación de países como España e Italia, donde el virus llegó a cobrar la vida de 1500 personas tan solo en un día, el gobierno declaró estado de cuarentena a nivel nacional.

Fue así como el silencio se abrió paso por nuestras calles. En ciudades como Bogotá empezó a despertarnos el canto de las mirlas, no ya el de buses, carros y motos rugiendo para volarse los semáforos. La calidad del aire mejoró y, desde los cerros orientales, volvieron a ser visibles los picos nevados del Ruiz y del Tolima.

Nevado del Ruiz - Colombia

Foto extraída de hotelportaldemilan.com

La vida silvestre se asoma

Al igual que Colombia, muchos otros países habían decretado el cese de actividades, con lo que millones de personas se resguardaban en sus casas para estar a salvo de pandemia provocada por el recién descubierto COVID 19, que se expandía incontrolablemente por todo el mundo.

Mientras los humanos estábamos encerrados, fueron otros los que se asomaron por las lomas pavimentadas y los caños de cemento que antes fueron cerros y riachuelos. Los vecinos de barrios bogotanos como Santa Bárbara vieron zorros cangrejeros; una zarigüeya estuvo caminando con sus crías a cuestas por las calles de Neiva; manadas de delfines dieron shows de nado sincronizado por las costas de Cartagena, y una osa melera se asomó por el lobby de un hotel desocupado en Valledupar.

A raíz de estas escenas que circularon por redes sociales, los medios han hablado de un “respiro para la naturaleza”, pero las voces expertas llaman la atención y nos aclaran que, en realidad, lo que esto pone de manifiesto es la crisis ambiental que vive el mundo por el calentamiento global.

“Si las repercusiones de esta pandemia han sido duras en cuanto a pérdidas humanas, crisis económica y aumento de la pobreza, las del cambio climático tienen muchas más implicaciones y pueden generar mayores problemas”, afirma Jorge Emmanuel Escobar, director de la Fundación Humedales de Bogotá.

Hacia una nueva normalidad

Roy González, investigador del Instituto Humbolt, dice: “La reflexión que nos ha dejado el COVID-19 es que para vivir bien no necesitamos explotar ni contaminar a la Tierra al ritmo en que lo estamos haciendo”.

Lo cierto es que unos cuantos meses de aislamiento no van a traer una solución de fondo a la crisis ambiental. Lo que se necesita es un cambio estructural.

Hoy, después de casi cinco meses de cuarentena, las personas reclaman volver a una normalidad que, para muchos, no es lo ideal. “La pregunta es si vamos a darnos cuenta de que podemos movernos más en bicicleta, compartir el carro o ir al mercado a pie y usar un canasto en vez de bolsas plásticas”, dice González.

Bicicletas para mejorar el ambiente

Para Escobar, este es un momento propicio para cambiar hábitos a nivel personal, para rediseñar la ciudad, mejorar el sistema de salud y buscar un cambio colectivo.

Tal vez no volvamos a ver zorros ni ardillas por la ventana, pero al menos sí podríamos salir de la pandemia con los pulmones más limpios, desacostumbrados a la polución.