El archivo sonoro del Instituto Humboldt es el más grande de la región, con más de 100.000 sonidos de fauna y ecosistemas. El biólogo Mauricio Álvarez, quien fue su motor, ha dedicado su vida a capturar “la música de la naturaleza”, como él la llama.

Por Juanita Rico. Ilustraciones Bogotá Chirriada

En su primera salida de campo como estudiante de biología, el bogotano Mauricio Álvarez encontró el mundo de las aves y ya nunca quiso salir de él. El destino lo llevó a conocer en la mitad de su carrera a Martin Kelsey, ornitólogo británico y primer director de BirdLife International, quien le reveló la ecoacústica: la ciencia que analiza la relación entre los sonidos, los seres vivos y su ambiente para estudiar patrones de diversidad y entender el grado de intervención en cada ecosistema.

Esa disciplina de grabar los sonidos de los ecosistemas a lo largo del tiempo para entender cómo cambian y en qué estado de conservación se encuentran le robó el aliento. “¿Cómo se hace?”, le preguntó a Kelsey. “Solo se arranca a grabar y a aprender”, le respondió.

“Ahí me entró la música de la naturaleza y a eso me dediqué”, recuerda Álvarez, el biólogo que lleva más de 30 años recolectando sonidos de ecosistemas y de fauna colombiana. Su primera grabación la hizo en la Macarena, recién graduado, donde vivió cuatro años, mientras grababa y les enseñaba a los niños en las escuelas a amar la naturaleza para poder protegerla y aprender de ella.

Después de esa experiencia, volvió a Bogotá para trabajar en el Instituto Humboldt. “Fui como el tercer empleado del Humboldt y mi trabajo era recoger y cuidar las colecciones del Inderena, el instituto que se encargaba de los recursos naturales y el medio ambiente en Colombia”.

Después fue ascendido a ornitólogo y le encargaron ordenar y analizar el inventario de diversidad del instituto. “En ese momento surgió la idea de viajar a diferentes regiones del país y grabar sonidos de aves. Era esencial para poder hacer un inventario riguroso”.

Ese fue el inició del archivo sonoro del Humboldt, el más grande de la región, con más de 100.000 sonidos de fauna y ecosistemas.

Para explicar la importancia de sus grabaciones y del archivo de paisajes sonoros, Álvarez dice: “Cuando comienzas la grabación, al principio solo oyes una o dos cosas, pero con el paso del tiempo te das cuenta de que hay muchas otras: grillos, agua, hojas, viento, ranas, humanos, todo tipo de sonidos que te dicen cosas como si un ecosistema ha sido intervenido por el hombre o no, o si pertenece a una zona más alta o más cercana al mar”.

Cada sonido es, entonces, una foto del ecosistema en un momento exacto; muestra su estado en ese instante y hace posible compararlo con otros instantes. “Cada sonido cuenta la historia biológica del ecosistema y de sus animales. Imagínate tener la grabación de Bogotá en 1930; podríamos saber muchas cosas. Son tan valiosos porque permiten, incluso, descubrir nuevas especies y entenderlas en el tiempo”. Por eso, el archivo sonoro del Humboldt es el álbum familiar de la biodiversidad de Colombia.

Álvarez duró 14 años en el Humboldt recogiendo sonidos. “Cuando se aprende cómo escuchar la naturaleza, es algo que se vuelve adictivo. Es muy bonito porque puedes ver y sentir los sonidos: el de la mañana o el de la noche, el de las aves, el del mundo que canta”.

¿Qué enseñanza le dejó recolectar sonidos? “Creo que, en la vida, en las relaciones, en la política, incluso, deberíamos aprender a hacer silencio. Dejar de hacer tanto ruido innecesario y escuchar. Eso aprendí: a escuchar lo que la naturaleza tiene para decir”.

Ahora volvió a sus inicios: educa a niños y jóvenes para que entiendan el valor de la naturaleza y la urgencia de conservarla.

Hoy, cientos de biólogos siguen sus pasos y recolectan sonidos que, incluso, muestran el grado de deforestación de un ecosistema.

“Uno no tiene que ser alguien extraordinario para hacer estas cosas. Yo, irónicamente, no tengo buen oído, así que me tocó ensayar mucho, oír mucho. Eso muestra que cualquiera puede hacer algo así: solo se necesita vocación y cariño”.

Ilustración_ Bogotá Chirriada

Ilustración_ Bogotá Chirriada

Los sonidos de tres ecosistemas 

Páramo

Es el ecosistema que más agua limpia produce, característica que lo hace esencial para la supervivencia humana y de todas las especies. Ubicado entre los 3.000 metros sobre el nivel del mar, existe en regiones tropicales. Colombia tiene la mitad de los páramos del mundo, por eso es un país rico en agua. Los dos espectrogramas de páramo muestran un ecosistema con baja transformación del paisaje y otro con alta transformación.

Plantación de café

Estos espectrogramas evidencian cómo se oyen un cafetal puro y otro con áreas boscosas. En el primero, destacan sonidos de diferentes aves e insectos, así como de ríos que quedan cerca a la plantación. El segundo tiene muchos menos sonidos, solo de algunas aves. Su esencia es revelar cómo un mismo ecosistema puede sonar distinto.

Bosque seco tropical

Es un ecosistema de tierras bajas que se caracteriza por lluvias constantes. En Colombia, se encuentra en seis subregiones: los valles interandinos de los ríos Cauca y Magdalena, el Caribe, la región Norandina, Santander y Norte de Santander, el Valle del Patía y Arauca y Vichada. El espectrograma muestra un bosque tropical donde hay baja transformación del paisaje.

Y de cinco pájaros

Tinamú oliváceo Parque – Parque Nacional Natural Chiribiquete

Es un ave café casi sin cola que vive en las tierras húmedas del trópico. De patas grises, su plumaje es liso en general, café cálido por arriba y grisáceo en las partes inferiores. Ya no es posible verlo en casi ningún lugar del país porque es cazado por su carne. Tiene un silbido doble único, que puede oírse en la mañana y en la tarde. Gracias a la baja presencia humana, los tinamúes viven tranquilos en el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, creado en 1990 en el corazón de la Amazonia colombiana.

Chachalaca gris – Bahía Solano

Es un ave grande, normalmente descrita como una gallina de cuello y cola largas. De color marrón, tiene cabeza gris y plumas rojizas en sus alas. Se mueve en bandadas que suelen estrellarse contra los árboles. Uno de sus ecosistemas favoritos es el de Bahía Solano, en el Pacífico colombiano, hábitat de cerca de 650 especies de aves.

Chacalaca gris. Ilustración_ Bogotá Chirriada

Chacalaca gris. Ilustración_ Bogotá Chirriada

Pava aburria – Territorio Kofán, frontera entre Colombia y Ecuador

Ave grande y de montaña, es la única pava negra que existe, lo que la hace inconfundible. Puede medir hasta 80 centímetros. Tiene un cuello largo y delgado, cabeza pequeña y patas amarillas. Los jóvenes son similares a los adultos, pero sin cola. El sonido recogido es de una pava en el territorio indígena Kofán, en la frontera entre Colombia y Ecuador, que hace parte del Piedemonte Andino, un ecosistema ideal para la pava.

Columbina común – Isla de Tierra Bomba

Es una paloma muy pequeña y de color café con manchas en sus alas. Vive en lugares abiertos y con maleza alta; también puede verse en las ciudades o en las sabanas. Uno de sus hábitats es Tierra Bomba, al sur del casco urbano de Cartagena, una isla con ecosistemas importantes de bosque y manglar.

Columbina. Ilustración_ Bogotá Chirriada

Columbina. Ilustración_ Bogotá Chirriada

Pato criollo – Resguardo unificado Selva de Matavén, Cumaribo, Vichada

El pato criollo es grande y robusto. El silvestre, que se encuentra en Matavén, es de color verde oscuro e iridiscente, con grandes manchas blancas en las alas y verrugas rojas alrededor de los ojos. Hacen sus nidos cerca del agua. Al nororiente de Colombia, en el departamento de Vichada, la selva de Matavén es uno de los últimos refugios del bosque de transición, que son los que separan los ecosistemas terrestres de los acuáticos en el país.

Sonidos de aves

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