18 de octubre de 2023

Luis Barragán: el arte de la luz y el silencio


Luis Barragán: el arte de la luz y el silencio
Revista Amarilo

Se cumplen 30 años del fallecimiento del arquitecto mexicano ganador del premio Pritzker. Recorrimos su casa-estudio en Ciudad de México y hablamos con maestros, investigadores y aprendices que encuentran en su obra la inspiración para que al oficio no le falte poesía. Además, les presentamos una ruta de casas imperdibles en CDMX.

Por: Esteban Montaño Vásquez

Entrar a la Casa Luis Barragán en Ciudad de México produce una sensación de extrañeza. Vista desde afuera,la fachada de muros altos gris ratón se funde con el estilo tradicional de las casas populares del céntrico barrio de Tacubaya. Nada afuera indica que adentro se tejió un laberinto perfecto guiado por la omnipresencia de la luz que le rinde tributo a uno de los grandes de la arquitectura mexicana.

Un zaguán oscuro y estrecho conduce a uno de los recintos principales de la casa: la estancia central está presidida en uno de sus costados por un ventanal de techo a piso, que revela un frondoso jardín de plantas y árboles nativos de esta zona del país. Pese a que el lugar está bañado en su mayoría por la claridad del día, el arquitecto le imprimió una atmósfera más privada, con poca luz, a una sala de descanso, que resguardó con altos muros blancos en los que se reflejan dos lámparas de luz amarilla tenue.

Para Barragán, el uso del color se subordina al dominio de la luz. Ese rasgo está presente en otros espacios de la casa, como el cuarto en el cual el reflejo del sol entra por la terraza y rebota en un cuadro dorado del artista Mathias Goeritz, cuya refracción, a su vez, alimenta una pared de tono rosa mexicano que termina definiendo la atmósfera del lugar. Ocurre lo mismo en la que fue su habitación hasta el día de su muerte, en 1988: está pintada de un blanco que, potenciado por la luz natural que entra por un gran ventanal cuadrado, le da un aire monacal al recinto.

La Casa Barragán fue diseñada por el arquitecto en 1947. En ella recuperó rasgos de la arquitectura popular y de los conventos antiguos de México, y los puso a dialogar con su visión de la arquitectura contemporánea. Por los 41 años siguientes, su casa-estudio se convirtió en el laboratorio en el que surgieron los diseños de la mayoría de sus obras más recordadas.

Para esa época, tras una búsqueda que lo enfrentó con el funcionalismo y que lo llevó a buscar inspiración en Europa al lado de figuras como Le Corbusier, ya había encontrado su marca distintiva. Esa marca lo llevó a convertirse en el primer latinoa- mericano y el único mexicano en ganar el prestigioso premio Pritzker, en 1980.

Durante el discurso de aceptación, Barragán enlistó los conceptos que, según él, definían su estilo y la razón del premio: “En proporción alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento y también las de serenidad, silencio, intimidad y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma, y si estoy lejos de pretender haberles hecho plena justicia en mi obra, no por eso han dejado de ser mi faro”.

Un estilo que sigue vivo, que es atemporal. En la actualidad es posible encontrar en Ciudad de México arquitectos que tienen esa misma vocación estética y emocional en el diseño de espacios para el disfrute. Uno de los mayores exponentes de esta corriente es Mauricio Rocha, ganador del premio Mies Crown Hall Americas Prize (MCHAP) 2023, por la remodelación y ampliación del Museo Anahuacalli de Diego Rivera –diseñado en 1940 por Juan O´Gorman, cofundador del modernismo en México, junto a arquitectos como Luis Barragán–.

Una de las obras de Rocha que más influencia tiene de Barragán es el Centro de Invidentes y Débiles Visuales, un complejo de 14.000 metros cuadrados construido en 2000, en la delegación de Iztapalapa, para proveer servicios sociales a las poblaciones marginadas de la ciudad. En él predominan elementos muy típicos de la obra de Barragán: el agua, la luz y el sonido.

“Un canal de agua corre por el centro de la plaza con la intención de que su sonido oriente al usuario a lo largo de su recorrido. Al mismo tiempo, las fa- chadas de cristal de las aulas cambian de color para darle identidad a cada espacio”, explica Rocha. Es ese manejo de la luz y de las emociones que se pueden generar a través de ella uno de los rasgos que resalta el arquitecto respecto al legado de Barragán en su obra. “Muy pocos arquitectos piensan en la luz y menos aún han logrado la sofisticación que él consiguió con su manejo. Barragán es un caso excepcional”, afirma.

Diseño para ver el cielo

Vivir la experiencia de la Casa Barragán no es un proceso sencillo. Convertida en un museo que es paso obligado para los amantes de la arquitectura mexicana, solo permite visitas guiadas en grupos de máximo seis personas y durante algunas horas cada día. Estas restricciones, sumadas a la vigencia que sigue teniendo el autor, hacen que sea necesario reservar con varias semanas de anticipación.

Así tuvo que hacerlo John Ferney Arango, profesor de la escuela de arquitectura de la Universidad Nacional, sede Medellín, que está cursando un doctorado en estudios urbanos en Ciudad de México. Según él, Barragán es uno de los profesionales más estudiados y admirados por parte de sus colegas, y esa fue la razón por la que decidió visitar la casa-estudio. “Luego del viaje a Europa, él empieza a mezclar el modernismo con las raíces mexicanas que adoptó de artistas como Diego Rivera y Frida Kahlo. Esta casa es el resultado de esa combinación”, afirma.

Para Arango, lo más emocionante de la visita fue dejarse sorprender por los continuos y, en algunos casos, drásticos cambios de atmósfera entre las diferentes estancias de la casa. “Él piensa muy bien eso que los profesionales en arquitectura llamamos los umbrales: el paso de un espacio a otro. No es simplemente abrir una puerta y ya estar en la sala, sino que es una especie de rito. Él usa sitios intermedios que tienen calidades de luz, colores y tamaños específicos a través de los cuales te hace notar que estás cambiando de lugar y de ambiente”, explica.

Esta fijación por los umbrales llega a su máxima expresión con la estrecha escalera que conduce a la terraza. Ubicada en un cuarto de paredes blancas y altas que hacen juego con el muro rosado que la sostiene, está construida de tal manera que hace sentir, a quien la usa, como si estuviera ascendiendo al cielo. Y esto tiene su razón de ser: para Barragán la terraza era un espacio fundamental en su visión de la arquitectura.

“La experiencia de la terraza es increíble porque no está diseñada para ver hacia el exterior, sino para ver hacia el cielo. Esto está muy relacionado con esa visión intimista de la arquitectura, que busca enfocarse en el interior y usar elementos del entorno para acercarte a un estado de contemplación”, reflexiona Arango. Así lo reafirmó Barragán en una de sus frases más conocidas: “Solo en íntima comunión con la soledad puede el hombre hallarse a sí mismo. Es buena compañera, y mi arquitectura no es para quien la tema o la rehúya”.

Consulta más en la Revista Amarilo Ed. 74

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