Lo que se narra de África en su arquitectura

Por primera vez, la Bienal de Arquitectura de Venecia le rinde tributo al continente negro. Aprovechamos ese hito para sumergirnos en la fascinante historia de sus arquitecturas locales, en sus nuevas voces, en sus filosofías y en cómo ha respondido a los retos climáticos y sociales del mundo contemporáneo.
La joven arquitecta sudafricana Sumayya Vally busca reflejar la pluralidad del mundo por medio de su oficio.
Está convencida de que si las ciudades y los edificios no muestran la multitud de voces y culturas de sus habitantes, las sociedades pierden infinidad de ideas que hubieran podido surgir y desarrollarse. De origen musulmán, Vally es una de las arquitectas africanas presentes en la Bienal Internacional de Arquitectura de Venecia en 2023, que por primera vez da a ese continente la voz cantante, mediante la curaduría de la arquitecta y escritora ghanesa-escocesa Lesley Lokko.
“El contexto del continente, lleno de desafíos y creatividad, lo convierte en un lugar privilegiado para examinar las temáticas dominantes del próximo siglo: el calentamiento global, los cambios sociales y demográficos, las nuevas formas de gobernanza y la urbanización explosiva”, dijo Lokko a la revista de arquitectura Dezeen.
Para empezar, sus ciudades son las de más rápido crecimiento en el mundo, según el Banco de Desarrollo de África. “Se espera que la población urbana se duplique en una generación, con 400 millones de personas más viviendo en ciudades en 2050”, dice el arquitecto y editor alemán Philipp Meuser, quien, en 2021, publicó una enciclopedia de siete volúmenes sobre la arquitectura subsahariana. A ese desafío se suma que el 62 por ciento de los habitantes urbanos reside en barrios marginales, comparado con el 24 por ciento en América Latina.
Pero en la carencia Lokko ve espacio para la creatividad y la imaginación, en la inestabilidad ve libertad para experimentar y proponer soluciones, y en las turbulencias ve la posibilidad de aprender a adaptarse al cambio. Por ello propone al mundo fijarse en África.
Vernácula y viva
A mediados del siglo XX, Hassan Fathy les propuso a los egipcios una idea dis- tinta de arquitectura moderna. En vez de replicar las construcciones en vidrio, acero
y cemento de occidente, volteó a mirar la arquitectura tradicional de su país, y encontró las claves para hacer edificaciones ajustadas a las condiciones climáticas, sociales y culturales de Egipto. En proyectos como Nueva Gourna edificó con ladrillos de adobe, hizo los techos con la tradicional forma de bóveda de la región de Nubia, al sur de Egipto, y diseñó ventanas pequeñas. “Los de tierra son muros vivos, se comportan según el clima”, explica Fabio Forero, arquitecto, profesor titular de la Universidad El Bosque y experto en arquitectura vernácula. La arquitectura tradicional africana guarda una enorme sabiduría ancestral.
En las húmedas selvas del África ecuatorial, las comunidades locales alzaron sus viviendas del piso y las construyeron en materiales como el bambú para aprovechar las brisas. En las vastas sabanas, en cambio, utilizaron tierra y las hicieron redondas para acumular el calor del día y proteger a los habitantes de los vientos fríos. “En África la arquitectura se combina amorosamente con el clima, los materiales locales y la habilidad de los pueblos para construir casas; una síntesis ingeniosa”, cuenta Meuser.
Esa ingeniosa síntesis ha ido adquiriendo vigencia. “El mundo contemporáneo está revisando lo vernáculo para buscar soluciones a los problemas sociales y ambientales”, señala Forero. Hoy, arquitectos como el burkinés Francis Kéré y la nigerina Mariam Kamara se han hecho célebres por sus construcciones en tierra. “En África, por distintos factores, entre ellos el arraigo cultural y la pobreza, la arquitectura vernácula todavía está viva; más que en Latinoamérica, por ser una región más urbanizada”, dice Martín Anzellini, experto en arquitectura vernácula.
Modernismo a la africana
Hacia finales de 1940 –por la misma época en que Fathy construía Nueva Gourna en Egipto–, los arquitectos británicos Maxwell Fry y Jane Drew experimentaban con el estilo minimalista del modernismo europeo, ajustándolo al clima y contexto de la África Occidental Británica. Adoptaron técnicas de la arquitectura tradicional y lograron controlar la temperatura interior de las construcciones diseñando edificios con elaboradas rendijas para protegerlos del sol y dejar correr la brisa, y haciendo aleros amplios con el fin de generar sombras. El éxito del Modernismo Tropical, como terminó llamándose esta escuela, fue tal que comenzó a propagarse en las décadas siguientes y los países africanos se convirtieron en un campo de experimentación para arquitectos raizales y europeos, que le dieron un aire local a un estilo de arquitectura con pretensiones universales.
Esa mezcla de la sencillez del modernismo del viejo continente y la estética africana se ve en edificios como La Pirámide, construido entre 1968 y 1973 en Abiyán, Costa de Marfil, por el italiano Rinaldo Olivieri; el Hotel de la Independencia de Dakar, Senegal, hecho entre 1973 y 1978 por los franceses Henri Chomette y Roland Depret, y la residencia de estudiantes Unity Hall, de la Universidad de Ciencia y Tecnología Kwame Nkrumah, diseñada por el ghanés John Owusu Addo en Kumasi, Ghana. Si bien el Modernismo Tropical comenzó como una estrategia para mantener el dominio de las colonias y acallar el ambiente de agitación política del momento, los movimientos independentistas de los países africanos lo propusieron como expresión de la identidad del continente.
En 1957, Ghana se convirtió en el primer país subsahariano en obtener su libertad. Su presidente, Kwame Nkrumah, vio en el Modernismo Tropical la posibilidad de construir nación y expresar su ideología panafricana. Para él, la independencia de Ghana carecía de sentido si no le seguía la liberación de toda África. Aunque algunos de estos edificios aún conservan su prestigio, la arquitectura fue alejándose de esa estética y acercándose a la idea de modernidad de Occidente.
Sin embargo, quizá la necesidad de los arquitectos de buscar soluciones sostenibles en un mundo que tanto las necesita, sumada al pabellón dedicado al Modernismo Tropical en la bienal curada por Lokko, impulsen su popularidad.
Sencillez innovadora
D i é b é d o Francis Kéré
Burkina Faso
A la arquitecta colombiana Daniela Pedroza su paso por el salón de clases del afamado Diébédo Francis Kéré, en la Universidad Técnica de Múnich, le dejó tres grandes enseñanzas:
- “Kéré enfatizaba la importancia de conocer las condiciones geográficas del lugar y saber qué materiales de construcción tendríamos disponibles. Nos pedía contactar a los habitantes para entender su cultura y sus condiciones socioeco nómicas”, recuerda Pedroza.
- Buscar la simplicidad requiere mucho esfuerzo, pues “implica pensar detenidamente cada detalle hasta encontrar la solución más efectiva”.
- La sencillez puede ser innovadora. “Nos pedía innovar con lo que teníamos; no había necesidad de imaginar algo muy tecnológico. Le gustaba el ejemplo de Tesla porque la empresa, sin necesidad de volver a inventar el carro, usó la tecnología existente y la repensó, creando una nueva experiencia”.
Esa profunda idea de sencillez también fue destacada por el jurado al otorgarle el premio Pritzker a Kéré. El burkinés construye respetando y dignificando la cultura y las técnicas arquitectónicas del lugar donde realiza sus proyectos y, a partir de ese conocimiento ancestral, ofrece algo nuevo. Además, dijeron los jurados, al construir la Escuela Primaria de Gando y lograr que los niños de su pueblo tuvieran por fin un espacio cómodo para aprender “comprendió que un objetivo aparentemente sencillo tenía que estar en el centro de su proyecto arquitectónico”.
Edificios que ayuden a construir futuro
David Adjaye se interesó por la arquitectura cuando se dio cuenta de su impacto en la calidad de vida de la gente. La lección le llegó de joven, cuando acompañó al colegio a su hermano Emmanuel –parcialmente paralítico– y vio las ineficiencias del edificio. Esa revelación quedó tatuada en su interior: la arquitectura, indefectiblemente, debe estar al servicio de las personas. “La arquitectura es un acto social. Se trata de construir edificios que reconozcan y comprendan su historia, y al mismo tiempo creen algo nuevo para servir a las comunidades en su construcción de futuro”, dice Adjaye, ganador en 2021 de la prestigiosa Real Medalla de Oro del Instituto Real de Arquitectos Británicos (Riba). Para Adjaye, tiene todo el sentido contar historias –pasadas y presentes– en sus edificios con el fin de que sigan haciendo parte de la conciencia colectiva de la sociedad. Quizá ese deseo de preservar y narrar historias lo haga desarrollar proyectos en todo el mundo que congregan comunidades: museos, bibliotecas, centros culturales, catedrales.
En Washington D. C., por ejemplo, el arquitecto ghanés-británico diseñó el Museo Nacional Smithsonian de Historia y Cultura Afroamericana. La fachada del edificio está inspirada en las cariátides de los santuarios de Benín, uno de los reinos más prósperos y antiguos de África occidental, famoso por sus espléndidas máscaras y figuras en bronce, hierro y marfil.
En Johannesburgo, Sudáfrica, construyó la Biblioteca Presidencial Thabo Mbeki pensando en los tradicionales graneros de comunidades como la hausa, en Níger. La arquitectura del edificio destaca el conocimiento técnico de los pueblos ancestrales africanos y, a su vez, sirve de metáfora para hablar del saber como alimento del alma. Su aire contemporáneo le viene en parte de los techos de vidrio, que permiten al visitante percibir los cambios de luz a lo largo del día. Lo tradicional se mezcla con lo contemporáneo para dar paso a nuevas narrativas.
Cambiar narrativas
Mariam Kamara
Níger
Mariam Kamara ve la arquitectura como una herramienta para impactar positivamente a la sociedad. En mayo de 2018 terminó Dandaji, uno de sus más célebres proyectos, con el que aborda complejos problemas de su natal Níger. Ese país africano tiene uno de los promedios de edad más bajos del mundo: cerca del 75 por ciento de su población es menor de 25 años. A este fenómeno se le suman los bajos niveles de educación y el radicalismo religioso de grupos como Boko Haram, que han estado activos en Níger y en países vecinos como Nigeria y Mali.
La idea del proyecto Dandaji surgió cuando a Kamara le pidieron recuperar una mezquita de los años 80, cuya estructura de adobe parecía estar derritiéndose, que se había quedado demasiado pequeña para la comunidad. Kamara y su equipo tuvieron una idea revolucionaria: devolvieron a la mezquita su esplendor y la convirtieron en una biblioteca. En frente, construyeron una enorme mezquita, siguiendo el estilo arquitectónico de la anterior. Querían borrar la separación entre el conocimiento secular y el religioso, y crear un espacio para que la comunidad –en particular mujeres y jóvenes– pudiera compartir y aprender, antes y después del llamado al rezo.
Construcciones como el centro comunitario Hikma y el mercado regional de Dandaji muestran por qué la arquitectura de Kamara es un acto político y, a la vez, una apuesta por el medioambiente. Por un lado, la nigeraina reinterpreta la tradicional arquitectura de
la comunidad hausa y construye en tierra y con materiales locales; así crea espacios que aíslan el calor, dejan correr el viento y generan sombras. Por el otro, sus diseños arquitectónicos están pensados para abrir espacios públicos a mujeres y jóvenes, en medio de una sociedad musulmana conservadora.
Las historias que resuenan en las cuevas
Kabage Karanja y Stella Mutegi
Kenia
Los arquitectos kenianos Kabage Karanja y Stella Mutegi fundaron un estudio de arquitectura inusual. Cuando no están construyendo espacios como la Residencia Runda y las oficinas de Kofisi, en Nairobi, viajan a investigar las milenarias cuevas de Kenia para conocer a profundidad el comienzo de la arquitectura. Quieren acercarse a la historia de los pueblos de su país, saber cuál es el estado actual de sus distintos ecosistemas y entender cómo esas primeras sensaciones de espacios limitados afectaron el desarrollo de su oficio. Ese conocimiento nutre sus diseños arquitectónicos y las exposiciones e instalaciones de arquitectura con las que buscan poner a reflexionar al mundo sobre el pasado y el futuro del oficio.
En su serie de exhibiciones titulada Museo del Antropoceno, los kenianos recrean las particulares formas de las cuevas y cuentan cómo los africanos las utilizaron como refugio para escapar de la esclavitud y la opresión de los colonos. Su narrativa reflexiona sobre los procesos de colonización y la relación de las personas con la naturaleza. De allí surge la inspiración de un estilo que llaman “futurismo reversado”. Éste se refleja, por ejemplo, en proyectos urbanos como el Corredor de las Vacas, una idea con la que buscan recuperar los corredores migratorios de comunidades ancestrales como los masáis. El crecimiento de la ciudad sacó a la comunidad de terrenos que solían ser suyos, y los arquitectos quieren volver a abrirles espacio en la ciudad y, de paso, crear un corredor ambiental.
La diversidad se abre paso
Sumayya Vally
Sudáfrica
Escogida por la revista Time como alguien capaz de cambiar el futuro de la arquitectura, Sumayya Vally ve este arte como una manifestación de las
distintas identidades de las personas y las culturas. Por ello, cuando en 2021 le pidieron diseñar el célebre pabellón de la Galería Serpentine, en Londres, quiso reflejar el carácter plural de la suma de voces y épocas es fundamental para Vally, y hace parte de su propia experiencia. La arquitecta es sudafricana de origen musulmán y en 2022 fue elegida como Young Global Leader por el Foro Económico Mundial. Su principal inspiración, cuenta, es Johannesburgo, una ciudad diversa, creativa, pero con profundas divisiones.
Recientemente, Vally ganó un concurso para hacer el puente peatonal en Vilvoorde, Bélgica. Su diseño hace alusión a la olvidada historia de Paul Panda Farnana, un célebre agrónomo congolés que fundó la primera asociación congolesa en Bélgica y dedicó su vida a defender los derechos de la población negra. El puente imaginado por Vally parece una serie de canoas apiñadas como las que suelen verse a orillas del río Congo. La estructura, dice
ella, es a la vez un monumento activo.
Consulta más en la Revista Amarilo Ed. 74
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