El jardín va por dentro

Gracias a la pandemia, esta narradora, que se fue a vivir al campo, redescubrió la experiencia más espiritual que puede tener un ser humano: la de apreciar la inmensidad de la naturaleza sin el ruido visual y sonoro del llamado ‘desarrollo’. Una crónica sobre los jardines y sobre el amor que tantos y tantas les profesan.
Por: Margarita Posada
Aún hoy lo encuentro un milagro y lo recuerdo con asombro: nos daban un frasco con agua y poníamos un algodón a manera de lecho para que el fríjol se mojara ligeramente y empezara a germinar. A los pocos días salía de él una raíz y luego un par de hojitas que empezaban a crecer y a inclinarse hacia la luz del sol. En los años siguientes este tipo de ‘experimentos’ se reemplazaron con libros pesados y, lastimosamente, aprendí de biología sin mucho contacto con la naturaleza. A lo mejor por eso perdí el asombro y hasta se me olvidó que las plantas estaban vivas. Pero llegó la pandemia.
Yo era una rata de ciudad en Bogotá. Las pocas plantas que tuve a mi cuidado siempre recibían demasiado sol o muy poco. O las ahogaba o las mataba de sed. Mis amigos más sensibles me regalaban plantas de todos los estilos y, si salían adelante, a mí se me olvidaba cambiarlas de matera o arreglarles la tierrita para que tuvieran nutrientes. Solo las orquídeas sobrevivían porque las mantenía recibiendo el vapor del baño y las dejaba ser hasta que florecían una vez al año.
Entonces la pandemia hizo que la naturaleza nos hablara en voz alta para recordarnos que ella se abre paso como sea, que evoluciona de maneras inimaginables y que los que nos estábamos acabando éramos nosotros. Así lo sentí caminando con mi perro por la Bogotá desierta del
confinamiento. Redescubrí que la experien cia más espiritual que puede tener un ser humano es la de apreciar la inmensidad de la naturaleza sin el ruido visual y sonoro de nuestro ‘desarrollo’. Hace poco una amiga muy versada en educación al aire libre me explicó que esa sensación de bienestar y felicidad sucedía porque solamente el contacto con la naturaleza era capaz de ‘calibrar o ecualizar’ los sentidos de una manera absolutamente justa y perfecta.
Algo nos cambió a todos en la época de la pandemia, en la que salir a respirar en un pedacito de verde era un lujo inconmensurable. Quizás por eso la tendencia a integrar las plantas a la arquitectura renació con fuerza. Ya veníamos pensando en el medioambiente con los jardines verticales como el del Museo Branly, en París, pero iniciativas como estas eran menos notorias en proyectos más personales y urbanos, sobre todo en ciudades como la nuestra, que de repente empezó a integrar más y más verde en sus proyectos arquitectónicos.
Ahora que vivo en Cachipay (Cundinamarca) soy parte del más perfecto de los jardines: el que crece de manera libre, siendo simplemente cuidado y ayudado en su proceso por el hombre. Cada vez que veo a Sergio, el amo y señor de esta tierra, colgarse de las palmas secas para que caigan y les den paso a unas nuevas, confirmo que no todos tenemos ese don para hacer que las plantas entren en comunión con nuestro entorno, no solo a nivel estético sino energético.
De pequeña solía entrar a un ‘jardín’ de la finca en donde mi abuela Matilde cultivaba orquídeas y anturios. Era un espacio rústico con hileras de grandes materas rectangulares hechas con las piedras de la zona, por el que ella se paseaba con guantes y tijeras, y así transcurría mañanas enteras cuidando sus plantas con parsimonia y dedicación. Luego podía uno verla como ahora veo a mi hermano o a mi papá: encaramados en un naranjo, restregándole las ramas para quitarle algún líquen que no lo deja retoñar, ¡qué palabra bella!
Bien es sabido que la inteligencia se define como la capacidad de autopercepción y la percepción de la otredad. Hay para mí un tercer peldaño de la inteligencia que consiste en la capacidad de reconocerse parte de un todo. Y eso es precisamente lo que genera estar rodeado de naturaleza.
En realidad no estamos ‘rodeados’, sino que ‘somos’ naturaleza. Esa es quizás la conciencia más pura y debo confesar que esta percepción pura e innata que tenía cuando era niña regresó de nuevo a mí por una toma de hongos mágicos o psilocibina, cuando la experiencia psicodélica me hizo ver a los árboles respirando y palpitando al ritmo de una canción de Pink Floyd. Los sentidos se entremezclaron y generaron eso que llamamos sinestesia. Fue como recordar lo más elemental, como reestrenar un pedacito de mi corazón.
Suena romántico para una rata de ciudad, ¿verdad? Bueno, pues es que algo ha cambiado en mi espíritu desde que me vine a vivir al campo. Pero seamos francos: quienes no me conocen y leen este texto se imaginarán que soy la ‘jardinera fiel’, mientras que los que me conocen se preguntarán cuándo en la vida he cogido yo unos guantes y unas tijeras para salir al campo a untarme de tierra. Y la respuesta es que jamás me he aventurado a ello. Por eso prefiero dedicar lo que resta de este texto a quienes sí tienen ese don y dominan su arte: los jardineros.
El arte de diseñar jardines no es un arte menor, aunque provenga de la mera necesidad de proteger las huertas con otras barreras naturales desde que el hombre dejó de ser nómada para quedarse en un solo sitio. En realidad eran huertas que con el tiempo empezaron a ser apreciadas en su estética y que pronto se convirtieron en el mejor lugar para relajarse y ‘dejarse estar’. No es gratuito que en los libros sagrados de diferentes religiones los jardines se relacionen con el paraíso prometido.
Desde las civilizaciones más antiguas hasta nuestros días, el ser humano ha buscado darle un orden particular a la naturaleza que lo rodea. A veces de maneras rigurosas y esquemáticas, otras, de forma más espontánea y orgánica. Los hay colgantes, geométricos, victorianos, japoneses, desérticos, zen… Desde tiempos inmemoriales, sus diseños han sido encomendados a paisajistas y arquitectos con la suficiente sensibilidad para crear un ambiente particular por medio de la disposición de flores, arbustos, helechos, palmas, senderos, fuentes de agua y todos esos elementos que están presentes en lo salvaje, como si de domar lo salvaje se tratara.
Cada día, cuando ante mis ojos y en cuestión de días crece y crece este ecosistema de bosque tropical húmedo como una vorágine, entiendo el porqué de la guadaña de tanto en tanto, aunque detesto su ruido y quisiera que nada se interpusiera entre la naturaleza y el paso de insectos, pajaritos y mariposas de colores impresionantes. Y aunque es imposible que el hombre no se abra paso entre el verde, creo que podemos hacerlo de manera respetuosa, sin creernos amos, sino más bien uno más que hace parte del entorno.
Con la experticia con la que un escritor organiza las palabras o un chef mezcla las especias, los jardineros se dedican de lleno a este oficio, a veces llamado arquitectura de jardines, a veces paisajismo, pero al fin y al cabo una disciplina que tiene mucho de arte y un tanto de técnica. Tal es el caso de Fran- cisco Ángel o de Itamar Sela, ambos reconocidos y sensibles paisajistas.
Ya en Colombia hay incluso diplomados que encaminan a sus estudiantes a una comunión mucho más integral y orgánica con la naturaleza. Tal es el caso de la corporación Efecto Mariposa, que describe su curso como un peregrinaje en ciencia holística, transformación y vida generativa que busca reconectar nuestras almas con el misterio de la vida, o el diplomado semipresencial de ‘Diseño de paisaje y ecosistema’, que ofrece Terreno, el estudio de paisajismo que lidera Itamar Sela. Otros más antiguos en el campo se dedican a temas más específicos como cultivar cactus y suculentas en espacios a los que sus clientes pueden ir a comprar plantas para diseñar espacios que no necesariamente son jardines, pero que sí crean un ambiente más verde en sus vidas. Entre ellos puedo nombrar a Cactus Cachipay, más que un vivero, un paraíso en donde el ingeniero en horticultura Guy Xhonneaux Dewolf y su compañera cactófila Jannette Prada comparten su profundo conocimiento sobre plantas de desierto, cactus y todo tipo de suculentas.
Desde que hice del campo mi morada, no me maravillan tanto los jardines de Versalles, pero sí me han tocado de forma mucho más honda obras de arte como la que vi hace pocos meses en la antigua Bolsa de Comercio de París, que hoy alberga a la Co- lección Pinault. En medio de la rotonda monumental del recinto, el artista danés-viet- namita Danh Vo instaló unas esculturas inmensas hechas a partir de andamiajes de madera con troncos gigantes, o la del francés Fabrice Hyber, que simula un salón de clases en donde se explican diferentes procesos de la naturaleza a partir de dibujos inmensos y esculturas hechas con tierra, haciendo alusión a la finca de sus abuelos. He recordado a los naturalistas, las pocas lecturas que hice de Henry David Thoreau, en las que se erigen hermosas verdades de apuño, como que nunca dejaremos de sorprendernos si nos dedicamos a «beber de los sutiles influjos y las sublimes revelaciones de la naturaleza». Intuyo que en aras de buscar el tal ‘desarrollo’, de eso huimos y a eso volvemos hoy con la cabeza gacha.
Yo colaboro con mi entorno desde el lenguaje de la palabra, traduciendo los toures sobre el cultivo de café que hacen en un hotel cercano de nombre La Palma y el Tucán, que es también un proyecto social de permacultura. Cada vez que me despierto aquí en Cachipay y salgo a ver el alba con mis perros, recuerdo a ese hombre que recorre un jardín de senderos que se bifurcan en un cuento de Borges, para encontrarse al final con su propio cuerpo dormido, soñándose a sí mismo. Entonces constato que con este aire verde que le di a mi vida, volviendo aquí están creciendo milagros dentro de mí, y que el jardín se extiende por dentro hasta los confines de mi entraña.
Este texto está basado en la obra:
JARDINES Una exploración del arte del paisajismo
Primera edición en español 2023
© 2023 Phaidon Press Limited
Este libro es quizás la biblia recargada sobre jardines que todo amante de la naturaleza debería tener. Compila, además, referencias de toda la bibliografía antes escrita sobre el tema y contiene un relato muy completo sobre la historia de los jardi- nes y la apreciación estética de la naturaleza, además de una taxonomía muy acertada de los diferentes géneros estéticos y clases de jardines, mediante referentes artísticos naturistas de arquitectos, paisajistas, pintores, ilustradores, escultores, escritores y otros ‘jardinómanos’ que han plasmado en su obra esa eterna fascinación del ser humano por las plantas y su disposi- ción de ellas en un orden particular que sirva como ornamento, sustento e indumento de sus vidas. Fotografías, estampillas, bocetos, afiches publicitarios y hasta juegos de Lego, Barbies y joyas hacen parte de este tesoro sobre jardines al que no se le escapa ni un solo referente en la historia de la humanidad.
Consulta más en la Revista Amarilo Ed. 74
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