18 de octubre de 2023

Donde habitan los espíritus


Donde habitan los espíritus
Revista Amarilo

El clan Pushaina es uno de los pocos que conserva el oficio de la alfarería, ese que les permitió a los wayú sobrevivir en el desierto que comparten Colombia y Venezuela, y que hoy los conecta con sus ancestros y les sirve de sustento. Acompañamos a la abuela María Helena Pushaina y a su familia a extraer la arcilla y a crear sus piezas.

Por: Cristina Abad Ángel

 

La familia y el legado

María Helena Pushaina, nativa de la ranchería Alemasain, en La Guajira, llegó a Uribia siendo una niña, cuando apenas se había fundado el municipio, en 1935. Tiene 15 hijos –de los que viven 10– y cuatro trabajan con ella en su taller, ubicado en el centro de la llamada capital indígena de Colombia. Con sus manos y sus pensamientos, ella y sus descendientes le dan vida a la cerámica amuche, que significa múcura en wayuunaiki, la lengua de los wayú. Su abuela también era ceramista. Ella conocía muy bien los lugares donde se podía extraer la arcilla. Ahora, María Helena es quien lleva el legado.

El clan Pushaina es uno de los pocos que conserva el oficio de la alfarería, ese que les permitió a los wayú sobrevivir en el desierto que comparten Colombia y Venezuela. Fueron las múcuras modeladas en arcilla las que contuvieron la escasa agua del desierto.

Antes, la alfarería wayú era un oficio oculto y solo de mujeres. “Cada cosa tiene su espíritu y por eso había que esconderse de las miradas de la gente”, dice Rosa Ipuana, educadora e integrante del clan. Hoy, mujeres y hombres se dedican a la cerámica, pero ocurre que “a veces, cuando entran varias personas al taller, los objetos se rompen”, dice Berta Urariyú, hija de María Helena, refiriéndose a cómo los espíritus todavía habitan las piezas.

La abuela María Helena es una mujer de pocas palabras, que solo habla wayuunai- ki. Con sus manos firmes y enérgicas, trabaja intensamente en su taller haciendo piezas y preparando mezclas. Sus hijos son los encargados de pintar las cerámicas y de quemar- las. En la parte de atrás del taller, están su casa y las de sus hijos. Allí conviven, trabajan, comparten y luchan para sobrevivir.

Los sueños y la extracción

Para los wayú los sueños son fundamentales porque dan aviso, muestran qué camino tomar, revelan secretos. Por medio de ellos comprendieron los dife- rentes tipos de suelos y descubrieron la transformación de la arcilla con el fuego, los lugares sagrados de extracción –a dos metros de profundidad– y las mezclas que deben hacer con arena para obtener un material resistente al fuego. Cuando un familiar sueña con su ser querido fallecido, por ejemplo, indica que es el momento de hacerle el segundo entierro, de pasar los restos del cementerio a urnas de arcilla hechas por ellos.

Una vez al año, en época seca, el clan matrilineal Pushaina extrae la arcilla sirrua y la arena casushi en dos rituales diferentes y en los mismos lugares donde lo ha hecho por generaciones.

A las 7 de la mañana del 14 de julio pasado, los Pushaina –la abuela, los hijos, varios nietos, cuatro primos y una prima– y tres arijunas –incluyéndome– se montaron a un camión rumbo al punto sagrado de extracción de la arcilla sirrua. Quedaba justo al lado de un jagüey seco. Llevaron chirrinchi, yuca, plátano, agua, panela y una oveja amarrada. Al llegar, colgaron la oveja a la rama de un árbol, boca abajo, para ofrecerla a la tierra y a los espíritus.

Antes de empezar la extracción, María Helena le cantó a la naturaleza, le dio las gracias y le pidió permiso a la ‘abuela arcilla’ para sacar solo lo necesario –20 bultos, cantidad necesaria para lograr el sustento de toda la familia durante un año–. Después, los hombres empezaron a extraer la arcilla. A medida que cavaban, surgían las vetas de la tierra, que iban cambiando de tonalidad: gris, amarillo, vinotinto y negro –durante la quema, en una etapa posterior, la arcilla negra se tornará azul–.

Bajo un sol inclemente, con la escasa sombra que producen los árboles sin hojas y animados por sus propios chistes y su música tradicional, Adolfo Urariyú, hijo de María Helena, repartió chirrinchi envasado en una botella de whisky; Berta, la otra hija, sirvió oveja asada y sopa con yuca y plátano; María Helena y Rebeca Ipuana, su sobrina, trituraron con palos los bloques de arcilla, antes de que los primos llenaran los 20 bultos y los subieran al camión. A las 4 de la tarde terminaron su jornada. Por indicación de la abuela taparon el hueco que dejó la extracción. Se montaron de nuevo al camión y regresaron a Uribia. La cerámica los convocó y les mostró que siguen siendo un clan que trabaja unido.

El color y los dibujos

Pacientemente, ya en el taller, la abuela María Helena golpea con un palo las rocas de arcilla sirrua para triturarlas y después las pasa por un tamizador hasta obtener un fino polvo amarillo. Todo lo hace sentada en el suelo. Después, mezcla la arcilla con arena casushi. Esta combinación, en partes iguales, genera un material resistente a la quema.

María Helena humedece la mezcla para empezar a moldear. Su técnica ancestral es la de rollo. Las piezas van creciendo lenta y orgánicamente. Mientras la arcilla está húmeda, ella la pule con totumas encontradas en su territorio; cuando está un poco más seca y dura, su hija Berta la bruñe con el fin de obtener un acabado brillante, homogéneo e impermeable. Ambas le dan vida a múcuras, wayunkerras (las muñecas wayú), tazas, pocillos, platos y urnas, entre otros objetos, que después son quemados en un horno de gas.

Las piezas del Taller Amuche son predominantemente amarillas, distintas a las que conocemos, que son terracotas. Y los dibujos geométricos que las decoran–llamados kanas, de color vinotinto– re- presentan el mundo wayú: las estrellas, el camino de los muertos, la chicharra que an- ticipa la lluvia, los campos de pastoreo, las marcas que dejan las culebras en la arena.

En el pasado, los kanas solo se dibujaban en las múcuras para enterrar a sus muertos, pero hoy decoran cualquier pieza.

La alfarería los mantiene unidos como clan. Si perdieran su oficio, perderían su conexión con el pasado, con los espíritus y los ancestros, con la magia y los sueños, pero también su mundo presente.

Consulta más en la Revista Amarilo Ed. 74

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