El fútbol femenino colombiano va en ascenso y lo mejor está por ocurrir. La autora del libro ‘Balón de cristal’, sobre la historia del balompié jugado por mujeres, narra el fenómeno.

La Selección Colombia Femenina de Mayores tuvo una Copa América 2022 excepcional. No solo quedaron como subcampeonas, sino que clasificaron al Mundial de Fútbol Femenino en Australia y Nueva Zelanda, y a los Juegos Olímpicos de París 2024.

Por Carolina Jaramillo Seligmann.

Ponerse la camiseta de la Selección Colombia y salir a jugar es un acto mágico para las futbolistas que defienden la tricolor. Es el momento donde todas las dificultades y los prejuicios que han soportado se desvanecen, cuando el sudor, las lágrimas y la falta de apoyo quedan atrás. Es el instante en el que el amor por la pelota se impone.

En la Copa América, donde la Selección Femenina de Fútbol quedó de subcampeona, las jugadoras fueron leales a su compromiso: ser cada vez mejores en lo individual y en lo colectivo, y dejarlo todo en la cancha con la tricolor como amuleto, con el objetivo claro de dejar un legado y seguir abriendo camino.

La historia del fútbol femenino colombiano es joven y ha sido de pasión y lucha a contracorriente. Los registros dicen que el primer partido profesional del país se disputó el 17 de febrero de 2017, pero el amor de las mujeres por el fútbol, viene desde hace mucho tiempo atrás. Dos años después del hito de 2017, obtuvieron la única medalla de oro en Juegos Panamericanos que ha ganado el país en toda su historia en deportes de conjunto.

Ese título fue determinante: sucedió justo unos meses después de que las jugadoras alzaran la voz y denunciaran irregularidades, abusos y maltrato en sus procesos de clubes y de Selección. La capitana y líder de ese grupo, Natalia Gaitán, recuerda ese momento: “Fue increíble ganar esa medalla de oro justo después de lo vivido, con todas las denuncias que hicimos, fue como ponerle la guinda al pastel”. Conseguir ese éxito, sumado al título de la Copa Libertadores del Huila en 2018, fue un golpe en la mesa, al que se suma lo logrado en la Copa América 2022, donde nuestras jugadoras le demostraron al país y al mundo entero su valía, calidad de juego, alegría y ganas.

No cabe la menor duda de que el fútbol femenino va en ascenso. La Selección Mayores irá el próximo año al Mundial de Fútbol Femenino en Australia y Nueva Zelanda, y a los Juegos Olímpicos de París 2024. Hoy más de 30 jugadoras colombianas defienden los colores de clubes internacionales. Leicy Santos, la extraordinaria 10 de la Copa América, es figura en el Atlético de Madrid, de España; la aguerrida Mayra Ramírez, en el Sporting Club de Huelva, también en España, y Yoreli Rincón, referente del fútbol femenino colombiano, milita en la Sampdoria, de Italia. Eso, sumado a que ya se habla de que la Mejor Jugadora de la Copa América, la desequilibrante Linda Caicedo, que con solo 17 años suena dentro de los planes del FC Barcelona.

Con seudónimo, para evitar represalias

A finales del siglo XIX cuando en Inglaterra, cuna del fútbol, se fundó el primer equipo femenino de la historia, el British Ladies’ Football Club (BLFC), Nettie Honeyball, activista de los derechos de la mujer y creadora del equipo, tuvo que presentarse bajo este pseudónimo para evitar represalias. “Lo fundé con la determinación de mostrar al mundo que las mujeres no son las criaturas ornamentales e inútiles que los hombres creen. Espero con ansia el momento en el que las mujeres puedan sentarse en el Parlamento y tener voz en la dirección de los asuntos, en especial sobre aquellos que más les conciernen”, declaró.

El primer partido oficial de fútbol femenino se disputó el sábado 23 de marzo de 1895 en el barrio londinense de Crouch End, ante unos 10.000 espectadores. Lo curioso es que, al no haber equipos rivales, el BLFC, formado en su mayoría por mujeres de clase media-alta, tuvo que dividirse en dos equipos: Norte y Sur. El resultado final de este histórico encuentro fue de 7 a 1 a favor del conjunto del Norte, en el que Honeyball fue la capitana.

Las críticas y la oposición a las mujeres que jugaban fútbol en la Inglaterra victoriana no se hicieron esperar. Influyentes diarios, como el Daily Post, publicaron: “Nunca sabrán jugar al fútbol como hay que jugar. Y aunque fueran capaces, este deporte siempre será inapropiado para su sexo”.

Transcurrió un siglo para ver que el fútbol jugado por mujeres trascendiera, ya entrado el siglo XX, cuando después de mucho esfuerzo logró transformarse e instalar cimientos por encima de las barreras.

Estar orgullosas

Para entender el presente del fútbol femenino en Colombia son esenciales tres mujeres: Myriam Guerrero, Amparo Maldonado y Liliana Zapata. Myriam, la primera colombiana que jugó en el exterior, ha sido pieza clave en la formación y la consolidación del fútbol femenino en el país.

Hija del barrio Tunjuelito, en el sur de Bogotá, en una época donde ser mujer y jugar al fútbol no era aceptado, Myriam es considerada la pionera del fútbol femenino nacional. Se graduó en Educación Física en la Universidad Pedagógica Nacional y se formó como entrenadora de fútbol de salón en el Instituto Central de Educación Física de Moscú. Con su experiencia en Rusia, donde jugó torneos de fútbol 8 y fútbol 11, regresó a Colombia en 1989 con el descomunal objetivo de sacar adelante el fútbol femenino.

Una misión que también tuvieron Amparo Maldonado, en Cali, y Liliana Zapata, en Medellín. Cada una de ellas, desde su posición, ha permitido que el balón ruede en los pies de miles de niñas y jóvenes que han encontrado una oportunidad de vida en los distintos campos de toda la geografía nacional.

Cuenta Amparo que, en 1971, el periódico El País hizo una convocatoria liderada por la Liga Vallecaucana de Fútbol para las niñas a las que les gustaba el fútbol, y allá llegó ella. Con nueve equipos de Cali y otros de los municipios aledaños, la Liga armó los grupos y organizó el torneo. Ya para la década del 80, Amparo creó su propio club: el Independiente Cali. Para comienzos de los 90, el fútbol femenino se estaba jugando de manera más organizada en distintos lugares de Colombia, y fue ahí cuando empezaron a celebrarse los torneos nacionales. “En 1983 paré la actividad deportiva y me dediqué a la dirigencia deportiva. De mi club salieron ocho o nueve jugadoras que fueron parte de la primera Selección Valle”, recuerda.

En Medellín, fue definitivo el crecimiento de las mujeres que jugaban fútbol en los barrios, esos primeros escenarios donde se forja el carácter aguerrido y echao pa’lante de los antioqueños. En esas calles y canchas, entre el pavimento y las colinas, surgió el nombre de Liliana Zapata. Comenzó a jugar desde los 8 años. “Cuando quise jugar en la Pony Fútbol, me dijeron que no podía porque era una niña. Ahí se me despertó una rebeldía positiva: me dije que iba a luchar para que las niñas pudieran jugar fútbol, eso fue hace casi 40 años”, asegura.

Cuando llegó la histórica decisión de la Difútbol de implementar un torneo nacional interligas en 1991, que lo jugaron 24 departamentos, el escenario nacional fue muy interesante. Cientos de jovencitas de todo el país se reunieron alrededor de un balón y demostraron que, aunque sin tanta visibilidad, el fútbol femenino en Colombia era una realidad. “La gente está equivocada: piensa que el fútbol [femenino] empezó en 2017, con el mal llamado torneo profesional que organiza la Dimayor. El fútbol está inmerso en la sociedad desde hace mucho tiempo, hace parte de la canasta familiar de los colombianos, y las mujeres hacemos parte de esta sociedad”, dice Liliana Zapata.

Foto: Gabriel Aponte. Getty Images

Foto: Gabriel Aponte. Getty Images

Las Chicas Superpoderosas del Fútbol Femenino Colombiano 

El fenómeno del que se habla hoy se empezó a consolidar en la década del 2000, con la generación que el país conoció como las Chicas Superpoderosas: aquellas jugadoras formadas en clubes amateur, que hicieron el proceso de selecciones juveniles, que se entrenaron y se formaron fuera del país; todas ellas conformaron un grupo sólido que empezó a destacarse en Selección y en torneos y clubes internacionales.

“Ponerme la camiseta de la Selección me llena de orgullo. En 2010, logramos la clasificación a un mundial, a los Juegos Panamericanos y a los Olímpicos. Haber puesto la primera piedra en el fútbol femenino de nuestro país fue inolvidable”, así lo relata la vallecaucana Carmen Rodallega. Esa generación puso a Colombia en el mapa internacional, al clasificar al Mundial de Alemania 2011 y luego repetir la cita en Canadá 2015, donde llegaron por primera vez en la historia hasta octavos de final; esto sumado a participar en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y Río 2016.

Colombia hoy vive un proceso de crecimiento y consolidación en el que confluyen las Superpoderosas con toda su jerarquía y experiencia, junto a una nueva camada de jugadoras lideradas por Leicy Santos, la mejor jugadora latina de La Liga Iberdrola 2019/2020, y con algunas caras más nuevas que han deslumbrado como Linda Caicedo o Gisella Robledo. Las jugadoras se sienten arropadas y reconocen lo que significa vestir la camiseta, representar al país y ser parte de esta historia escrita, literalmente, a las patadas.

Uno de los símbolos más visibles de la Liga Profesional y su desarrollo es Catalina Usme, figura y goleadora histórica de la Selección Colombia y estandarte de los títulos obtenidos por su club, el América de Cali. Sobre ella se ha cimentado el proyecto de las Diablas Rojas, al ganar los títulos de la Liga en 2019 y 2021, y llegar a la final de la Copa Libertadores 2020. “América es el proyecto de mi alma, en el que me siento feliz, desde donde puedo ayudarles a muchas niñas a cumplir sus sueños”, comenta.

Como Catalina y tantas otras, hoy cientos de niñas y jóvenes en Colombia ya no tienen miedo y ven en el fútbol femenino una forma de vida, un futuro. Hoy es posible jugar por el simple placer de hacerlo, por la esperanza de un mañana mejor, por cumplir un sueño de niñas lejos de los prejuicios y con la confianza de un mundo donde todos nos necesitamos y nos merecemos nuestro lugar en una cancha de fútbol.

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