En Colombia, la tradición de tejer con fibras naturales rígidas ha perdurado por decenas de años. Desde la Guajira hasta el Amazonas se hacen cestos con materiales de cada región. Estas son cuatro historias entretejidas por un emprendimiento que busca devolverle el valor al oficio.

Por Daniela Chinchilla

En esta casa vive Diego, el nieto de don Nicodemus. Diego es un hombre que ronda los 30 años; junto a él están su madre y su tío. Los tres tienen en frente unas fibras largas y enrolladas, los tres son artesanos de cestería, y los tres heredaron este saber del abuelo Nicodemus, o de don Nico, el artesano que le dio un distintivo más a Barichara. 

Este pueblo es recordado por sus calles empedradas y su arquitectura colonial conservada, pero hay algo, dentro de las casas, que lo hace aún más especial: objetos tejidos en bejuco ‘Pedro-Alejo’. Las creaciones de la familia de don Nico. 

Don Nico empezó a tejer canastos cuando tenía 78 años. Su nieta debía llevar un canasto para una tarea del colegio y recordó una anécdota que le había contado su abuelo. Él decía que cuando era pequeño veía cómo las personas recogían bejuco de la cuenca del río Suárez y elaboraban canastos para cargar el tabaco. Entonces, la nieta le pidió al abuelo un canasto y él lo tejió con ese bejuco ‘Pedro-Alejo’, una maleza, que solo encontraba en Barichara.

Don Nico vio que podía ser útil hacer algunos canastos para su casa, y así, poco a poco los vecinos empezaron ver su trabajo y a comprarlo. Cuando vendió quince canastos, se dio cuenta de que él y su familia podrían vivir de la artesanía.

A unas cuatro horas al sur de Barichara, cerca de Villa de Leyva, hay un cerro muy grande. Casi en la cima, está la laguna sagrada de los muiscas, Iguaque, de donde salió Bachué con un niño en brazos. Allí, dentro del bosque y el páramo, habitan algunos campesinos, como María Mercedes y su hija, y se recoge el pasto de Iche (stipa ichu), una variedad del esparto que solo crece en este páramo. 

María Mercedes y su hija son campesinas tradicionales, usan ruana y sombrero, hablan bajito. En esta zona, como en la mayoría del campo colombiano, el patriarcado domina el día a día. Las mujeres no tienen acceso a dinero, se dedican al hogar y a los oficios del campo. 

Pero algo está pasando con la artesanía y las mujeres de esta zona de Boyacá. Hace poco, María Mercedes y su hija conocieron a María Andrea Otero, una carpintera y artesana costeña propietaria del ecohostal Jacamaki en Gachantivá. Allí, ella ofrece talleres sobre oficios artesanales ancestrales para sus huéspedes.

Un día, María Andrea invitó a María Mercedes a dar un taller. Le ayudó a prepararse con un guión aprovechando la experiencia que había tenido hacía años como realizadora de televisión. El taller fue un éxito y el primero de muchos. 

“Las artesanas necesitan un poco de independencia y soberanía, y eso afortunada o desafortunadamente se logra teniendo dinero. Mi trabajo con ellas consiste un poco en alimentar su autoestima, en que se enorgullezcan de su oficio artesano y campesino”, dice María Andrea. 

Así como María Mercedes, otras mujeres artesanas han empezado a dar talleres, a mostrar su oficio bajo la guianza de diseño de María Andrea para crear objetos en cestería innovadores. Con esto, poco a poco, las hijas e hijos de las artesanas se han empezado a dar cuenta de que el campo sí puede valer, que no necesariamente el éxito está en irse a Bogotá. 

“Yo les digo a las artesanas que ellas son biblias andantes. Los turistas les agradecen y aprenden de ellas, y entonces el orgullo de la identidad de las artesanas, como María Mercedes, empieza a cambiar”, agrega Otero. 

En Bogotá está Felipe González. Un hombre que estudió literatura y trabajó un tiempo como redactor en una revista de viajes hasta que se cansó de los escritorios. Entonces empezó a viajar por Asia. Pensaba quedarse pocos meses y terminó quedándose tres años. Allí empezó a conocer de cerca la riqueza de la artesanía. 

“Me di cuenta de que en Asia la cultura artesana es tremenda, especialmente en India, Pakistán y Afganistán los bordados son maravillosos. Es increíble ver cómo ocho mujeres se sientan con una tela entre sus piernas y se quedan todo el día bordando. Hacen unas mantas y telares maravillosos”, cuenta Felipe. 

Él empezó a enviar telares y otros objetos a Villa de Leyva, luego volvió y tuvo una tienda de artesanías por un tiempo en este pueblo de Boyacá, regresó a la India y, de vuelta a Colombia, llegó con la idea de construir su casa. Lo hizo en Santa Sofía, Boyacá. Allí conoció a Luz Marina, una mujer que tejía canastos en mimbre. A ella le aprendió esta artesanía. 

Muy pronto Felipe pensó en transformar los canastos en lámparas y a crear un emprendimiento. Empezó a trabajar primero con Luz Marina, en Boyacá y luego se fue a explorar el Eje Cafetero, en donde la tradición de la cestería es antigua, pues en los canastos se ha recogido el café. 

“En Filandia conocí a Ruby, entré a su casa y toda la familia estaba tejiendo. Ruby es la matrona, la que manda. Hace cosas muy lindas y ella ya había empezado a hacer lámparas”. Así, Ruby y Luz Marina se convirtieron en las primeras artesanas con las que Felipe empezaría a trabajar en su empresa de diseño de lámparas en cestería, llamada Silvestre. 

Felipe siguió viajando, pasó por Cerinza, Boyacá, cerca de la laguna de Tota, en donde tejen el esparto: un matorral de pastos duros que saca una especie de espigas. Ahí conoció a Magaly en una verdulería. Ella, que dedicaba poco tiempo a la artesanía y más a vender verduras, también se convirtió en una artesana de Silvestre. 

“Estamos en un momento en que la artesanía se está poniendo de moda –cuenta Felipe–. Pero, hay un trabajo muy grande para que los y las artesanas comprendan el valor de su trabajo; los turistas siempre piden descuento, y no ven la cantidad de horas de trabajo que hay, y el conocimiento ancestral que le están poniendo a cada tejido”, explica. Diego, el nieto de don Nico, desde Barichara; y María Mercedes, desde Gachantivá, también trabajan hoy con Silvestre. En la casa que Felipe construyó en Santa Sofía trabajan dos artesanas y, en Bogotá, él las termina con pintura y todas las conexiones eléctricas. 

Felipe inició su emprendimiento en medio de la pandemia, y desde entonces cuenta que su negocio ha crecido de manera exponencial. Con todo y ese crecimiento, Felipe se pregunta, ¿hasta dónde llegar para que esto siga siendo sostenible y reivindique realmente el valor de los artesanos? Esa pregunta le ronda siempre la cabeza y busca tener siempre en el corazón de su trabajo a Diego, a María Mercedes, a Ruby, a Magaly y a todos los artesanos. Al final, entre todos están tejiendo un camino común. 

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Desde hace unos 55 años, en fibra de Chin, Rosa teje canastos en Tenza, Boyacá.

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