Daniel Saavedra: arquitecto por naturaleza

La historia del colombiano que concibió el Swedish American Regional Cancer Center, un lugar donde los pacientes reciben tratamientos dignos en un entorno verde y sostenible. 

Dos cosas fascinaban su imaginación cuando niño: los misteriosos ecos del órgano de la iglesia del 7 de agosto y la magia del escultor zipaquereño Miguel Sopó Duque, que de piedras inmensas sacaba con sus manos hermosas esculturas. Allí empezó su inquietud por los espacios y su pasión por el arte.

Daniel Saavedra creció en el barrio La Castellana de Bogotá, estudió en el colegio Francisco de Paula Santander de Kenneddy, y se formó en la Universidad La Gran Colombia, que hoy visita periódicamente para dictar conferencias.

“Yo salí del colegio convencido de que iba a estudiar ingeniería electrónica, pero no duré ni un mes en esa carrera”, recuerda. Como castigo por haber dejado botada la universidad, su padre lo puso a trabajar como portero en un edificio de oficinas. “Fue una lección, no éramos una familia de muchos recursos como para desperdiciar el costo de un semestre”.

Un tiempo después Daniel entró a estudiar arquitectura, esta vez con un entusiasmo inigualable. Su mentor y profesor, el arquitecto Jaime Guzmán Cervantes lo ayudó a desarrollar su propio criterio y diseñar de acuerdo a sus sentimientos. “Y es que de eso se trata la arquitectura, de hacer realidad los espacios que concebimos en nuestro interior para que otros los disfruten”, dice Daniel.

Se graduó en 1983 y, entre muchas cosas, su regalo fue conocer al amor de su vida. Diana Specht, una americana que había llegado a Colombia de intercambio para estudiar Nutrición en la Universidad Javeriana.

A finales de ese mismo año, justo cuando el noviazgo se enseriaba, Diana tuvo que regresar a su país para iniciar becada un magíster en Nutrición. “En ese tiempo no había skype ni e-mail, entonces nos escribíamos cartas. Me hacía mucha falta”. Enamorado y sin haber conseguido trabajo en Bogotá, Daniel aterrizó en Estados Unidos el 27 de octubre de 1984 “sin la menor idea de cómo iba a surgir yo en este país”.

Examen de rutina

Los padres de Diana lo recibieron en un pueblo llamado Milledgeville donde aprendió inglés. Trabajó como voluntario en una pequeña oficina de arquitectos y después fue contratado por una firma más grande que al cabo de dos años se trasladó a Chicago. Daniel y Diana se habían casado en el 86 y como no querían mudarse de ciudad ni separarse, él aprovechó que ya tenía buena reputación entre varios clientes y decidió abrir su propia firma de arquitectos en compañía de un colega.

Saavedra Gehlhausen Architecs comenzó a operar en 1991. Hoy es un exitoso estudio  especializado en construcción de iglesias, instituciones educativas y centros de salud. “Aunque técnicamente son cosas muy distintas —explica— filosóficamente son afines: en las iglesias educamos nuestro espíritu; en los hospitales, nuestro cuerpo y en los colegios, nuestra mente. En conjunto, esas tres cosas nos definen como seres humanos”. Su firma ha recibido numerosos premios otorgados por el Instituto Americano de Arquitectura, la Cámara de Comercio de Rokcford y la Sociedad Colombiana de Arquitectos de Nueva York, entre otros.

En paralelo a su vida profesional, Daniel y Diana soñaban con tener hijos por eso iniciaron un proceso de adopción. “El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar nos dijo que éramos muy viejos, entonces fuimos a Guatemala, donde pudimos adoptar a Alexandra, nuestra hija”. Un día antes de viajar hacia allá para conocer a la bebé, Diana asistió a un examen rutinario de salud y le ordenaron una colonoscopia. “A los pocos días un médico me llamó y me dijo: ‘su mujer tiene que iniciar un tratamiento inmediatamente’”. Diana tenía 45 años cuando le diagnosticaron cáncer de colon.

Aunque pudo ver que Diana contaba con todo lo necesario en términos médicos y tecnológicos, también percibió que el lugar donde se sometía a quimioterapia “no tenía un espíritu de curación”. Su esposa le decía que se sentía encerrada y que tenía la sensación de que su vida se había detenido mientras la del resto del mundo continuaba. “Entonces oré por tener la oportunidad algún día de hacer un centro para el tratamiento de cáncer donde los pacientes tuvieran un espacio que les ayudara a sanarse y a experimentar su tratamiento de una forma diferente”, recuerda Daniel.

Diez años después, cuando los médicos les acababan de informar que Diana por fin estaba libre de cáncer, el Swedish American Healt Center, un reconocido centro de oncología que operaba en nueve instalaciones distintas, abrió una convocatoria para encargar la construcción de una sola gran sede. La propuesta de Saavedra Gehlhausen Architecs fue escogida entre 15 proyectos competidores. “Fue un llamado muy claro. Dios me había dado la oportunidad y yo tenía que ayudar a los pacientes con cáncer. No había otra salida, tenía que hacer algo realmente exitoso”.

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Un lugar para sanar

Para conceptualizar el diseño, Daniel y su staff se entrevistaron no solo con el equipo médico y administrativo de la institución, sino también con numerosos pacientes enfermos de cáncer y con sus familiares. La premisa fue la dignidad y la comodidad del paciente. El Swedish American Regional Cancer Center fue diseñado y construido en un tiempo récord de 2 años y medio.

Ubicado un entorno tranquilo se encuentra rodeado por jardines coloridos, paseos peatonales, abundante césped, fuentes de agua y dos lagos por los que pasean patos, gansos, ardillas y varias familias de venados silvestres. Todos los demás espacios fueron diseñados y decorados para disminuir en el paciente sensaciones de miedo, de encierro y de ansiedad.

Al interior no podían instalar plantas, pues representan un riesgo de infección para pacientes, por eso los corredores están llenos de arte para amenizar los ambientes y, al tiempo, abrir canales de reflexión.

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“El cáncer te hace evaluar tu vida, te hace preguntarte acerca de tu propósito como ser humano. Para encontrar la sanación física, también necesitas llevar un proceso de sanación emocional y mental”, afirma el arquitecto, bajo esta premisa, crearon un jardín de meditación y un laberinto de oración.

Otro de los aspectos que la institución y el equipo de arquitectos querían brindarles a los pacientes era intimidad. Las salas de quimioterapia del nuevo centro son amplias, tienen varias opciones de privacidad —desde comunales hasta privadas— y algunas permiten a los pacientes leer, jugar o armar rompecabezas mientras reciben sus tratamientos. Otro detalle crucial: todas tienen acceso a numerosos baños. Aunque esta última medida significó un costo elevado de construcción, lo primordial para la institución era la comodidad del paciente.

El edificio cumple con las características de construcción y funcionamiento sostenible dadas por el Consejo de la Construcción Verde de Estados Unidos. Ello los hizo merecedores de la codiciada certificación LEED-HD (Liderazgo en Energía y Diseño Medioambiental para Hospitales).

El Swedish American Regional Cancer Center abrió sus puertas en 2013.

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