Fernando Martínez Sanabria, el Chuli, fue un revolucionario de la arquitectura moderna colombiana, resignificó el ladrillo en Bogotá y su legado trascendió no solo en sus diseños, sino en su rigurosidad como docente. Homenaje a un grande.

Por Diego Garzón Carrillo

Si Bogotá fuera vista y recorrida como un museo, las obras de Fernando Martínez Sanabria, el Chuli, serían vistas como aquellas que revolucionaron la arquitectura moderna del país.

“Realizó 193 proyectos, de los cuales 98 se pueden catalogar dentro de la categoría institucional y 94 en la categoría de vivienda”, dice Óscar Alonso Salamanca. La intervención de la Plaza de Bolívar tal y como la conocemos hoy y posicionar el ladrillo como el elemento más característico en la arquitectura de Bogotá son dos ejemplos de su legado.

Fernando Martínez Sanabria se graduó como arquitecto de la Universidad Nacional y a los 21 años ya era profesor de esa facultad.

Cuando el reconocido arquitecto y urbanista Le Corbusier buscó liderar el Plan Regulador de Bogotá, lo contactó para que encabezara el proyecto. Para ese entonces era un joven que tenía cuatro características que lo ayudaron a sobresalir, según el arquitecto y académico Carlos Niño, exalumno del Chuli: una personalidad fuerte, una enorme cultura, una alta capacidad para diseñar y mucho dinero. “Lo tenía todo para ser un grande”, dice.

Casas para sus amigos

Fernando Martínez Sanabria estudió en el Gimnasio Moderno, en Bogotá, y allí conoció a quienes fueron algunos de sus grandes amigos: Hernando Santos Castillo, director del diario El Tiempo durante casi 20 años, y Julio Mario Santo Domingo, quien llegó a ser el hombre más rico del país. A los dos les diseñó sus casas, que hoy siguen siendo una referencia para la ciudad: La Casa Santos y el edificio Santo Domingo. Enfrente se encuentra una de sus obras de vivienda más recordadas, el Edificio Giraldo. Además, el Chuli también diseñó la casa de Enrique Santos padre de Juan Manuel Santos, ambas construidas en el barrio El Refugio.

Para Fernando Martínez Sanabria, la arquitectura iba ligada a todas las artes, se necesitaban unas a otras, y por eso su biblioteca era enorme y su afición por la música aún más.

En tono de humor, Alejandro Obregón le decía: “Menos mal te dedicaste a la arquitectura, porque si fueras artista nos hubieras jodido a todos”.

En noviembre de 1967, en la inauguración del Museo de Arte Moderno expuso algunos de sus dibujos. La crítica Marta Traba escribió lo siguiente,: “No es, felizmente, la típica ‘pintura de arquitecto’, que está condicionada por la habilidad nerviosa del diseñador y la lógica de la composición. Son dibujos explosivos, laberínticos, delirantes, hechos como una indagación festiva del arabesco y del color, con una fantasía llena de fertilidad, donde se acumulan la experiencia de saber observar la pintura y haber trajinado mucho por la libertad que ella proclama”.

Foto_ Mauricio Flórez Olarte

Foto_ Mauricio Flórez Olarte

Fernando Martínez Sanabria resignificó el ladrillo

Como arquitecto, Fernando Martínez Sanabria revolucionó la modernidad. ¿Qué significa esto? La maestra y arquitecta Silvia Arango lo explica de manera simple y directa: “Antes todo era un cubo blanco, las paredes rectas, un piso y un techo. Nada parecía tener gracia. La espacialidad del Chuli, en cambio, jugaba con muchos espacios interiores, muros curvos, con ventanas que daban al interior, con elementos que se torcían en formas insospechadas. Por eso le gustaba tanto la música, porque en sus diseños siempre había algo inesperado, todo se salía de la norma”.

Carlos Niño dice que, incluso, uno de sus proyectos que no se llevó a cabo, el diseño del colegio Emilio Cifuentes, en Facatativá, fue el que dejó en claro su pensamiento moderno y cómo quería cambiar la arquitectura de la época.

Fernando Martínez Sanabria también logró la resignificación del ladrillo, que hacia los años 30 ya se veía en las construcciones con fachadas tipo inglés de ciertos barrios de Bogotá, como La Merced o Quinta Camacho. Se cuestionó por qué el ladrillo no se usaba más, si su uso tenía una tradición de siglos.  Basta ver las grandes obras que derivaron de esta decisión en amigos suyos, como Rogelio Salmona, quien se convirtió en uno de los arquitectos más importantes del país, cuyo legado incluye las Torres del Parque, la Biblioteca Virgilio Barco, el Centro Cultural Gabriel García Márquez y el Eje Ambiental.

Obras de Fernando Martínez Sanabria

Foto_ Mauricio Flórez Olarte (2)

El trabajo del Chuli no se limitó a Bogotá, sino también a otras ciudades del país y en sus últimos años de vida estuvo dedicado a otros de sus grandes hobbies: los caballos. Murió de cáncer, en diciembre de 1991, en una de las viviendas que diseñó. Pero sus obras siguen ahí, en las calles, a la vista de todos, como grandes piezas de museo.

Un parque que se convirtió en la plaza de Colombia

Los inicios de la plaza principal de la ciudad se remontan a 1539. Fue declarada Monumento Nacional el 19 de octubre de 1995. La estatua de bronce de Simón Bolívar es su insignia y la que le dio su nombre en 1846. Antes de la estatua, se instaló la fuente de El Mono de la Pila, el primer acceso de agua que hubo dentro de la ciudad (ahora se puede ver en el Museo Colonial), y previo a la fuente, una picota de castigos.

A la Plaza de Bolívar se le conocía como la Plaza Mayor. En la Colonia, era el lugar del mercado y de las fiestas de toros. Luego de la Independencia, se la nombró Plaza de la Constitución.

“Vivió una serie de intervenciones estéticas, que trataron de embellecerla, pero perdió su sentido de espacio de reunión. Así que en 1959 se tomó la decisión de hacer un concurso para devolverle su esencia. Lo ganó el arquitecto Fernando Martínez Sanabria. Fue uno de los proyectos urbanos más importantes del siglo XX”, explica Alberto Escovar Wilson-White, director de Patrimonio y Memoria del Ministerio de Cultura.

Fotos_ Mauricio Flórez Olarte (1)

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