La historia de Verdi es, en esencia, una historia de amor. Amor por Colombia, sus montañas, sus texturas, sus tradiciones, sus saberes y su herencia artesanal. También es la historia del amor que dos hijos profesan al espíritu creativo de su padre. Él, Carlos Vera Dieppa, es la raíz de un taller textil que nació en su honor y que en los últimos once años creció hasta conquistar el mercado norteamericano y europeo. 

 

Los hilos 

“Era todo un personaje. Le gustaban los deportes extremos, los viajes y las aventuras. Siempre fue creativo y le encantaba vivir. Era una de esas personas que al conocerlas te marcan y no puedes olvidarla”, así, con algo de nostalgia, recuerda Tomás Vera a su papá. Y, continúa el hijo, cofundador de Verdi: “Él quería fabricar un tapete inspirado en el tatami japonés, pero con fibras naturales colombianas”. 

Durante la década de los 90, su padre revolucionó el diseño textil nacional. Lo hizo, también, gracias al amor: su segunda esposa, Silvia Pérez, hacía cortinas de fibras naturales. A su lado, Carlos recorrió varios talleres hasta dar con el primer prototipo de tapete, realizado en conjunto por un tejedor de costales de fique, revestido en látex por un segundo artesano y terminado con bordes de cuero por un tercero.

“Recuerdo que lo vi llegar emocionadísimo con su tapete. Yo no estaba impresionado. En esa época tendría unos diez años y solo quería jugar Nintendo. Después entendí que se trataba de un tapete único, novedoso, uno con fibras naturales colombianas, tejido a mano acá”, cuenta Tomás entre risas. 

La dureza de esos materiales, el fique, el látex y el cuero, permitieron que ese primer prototipo tuviera el cuerpo suficiente para resistir el peso de la pisada humana. Tras las negativas de muchos artesanos, la idea de un ‘tatami criollo’ empezaba a tomar forma. Carlos agrandó los telares para fabricar piezas más anchas, creó diseños variados e innovó al fusionar las fibras naturales con incrustaciones de hilos metálicos. 

Entonces, con el cambio de milenio y en Nochebuena, llegó el vacío. “Mi padre y Silvia estaban viajando a África para buscar fibras, inspiración y técnicas artesanales. Hicieron escala en Caracas. Ella se había quedado dormida. Papá intentó levantarla, pero nunca despertó. Falleció de un infarto”, dice Tomás. 

A cuentagotas, y con el alma descosida, Carlos Vera perdió el interés por su negocio. Sin embargo, gracias a él, esa llama ya ardía en sus hijos, Tomás y Cristina. 

En 2005, con poco más de 20 años y sumido en la desesperación por no hallar su lugar en el mundo, Tomás viajó de su natal Barranquilla a Bogotá para autogestionar y crear el primer catálogo de tapetes de su padre, basado en las publicaciones que se habían escrito sobre su trabajo. Después, de regreso a su ciudad, vinieron las primeras ventas. Así empezó a tejer un futuro de éxito y diseño colombiano. 

 

El tejido 

Un lustro después. Unas vacaciones europeas. Una terraza en Barcelona. Una llamada. El vacío: Carlos Vera había muerto en Colombia. “Una posibilidad que ni siquiera se me había pasado por la cabeza”, dice su hijo. 

Sintiendo la vida en pausa, Tomás regresó a Colombia y, de manera paralela a su trabajo con la firma Schaller, empezó a darle forma al proyecto Verdi —cuyo nombre es la unión de las dos primeras sílabas de sus apellidos paternos, Vera y Dieppa—, de la mano de su hermana Cristina. 

Para ese momento, en 2010, Tomás ya había nutrido ese interés heredado por el diseño textil con el lujo y la tradición europea. “Me fui a Barcelona, pero tenía en mi mente, todo el tiempo, la idea de comenzar este emprendimiento. Cada vez que veía una tienda de diseño, cada vez que veía un tapete exhibido, entraba a verlo”, asegura.

 Tras contactar a algunos artesanos que trabajaban con su padre, Tomás y Cristina montaron el pequeño taller inicial de Verdi, que vendía, en promedio, un tapete mensual. Desde entonces, la marca ha tejido su identidad fusionando lo artesanal con lo contemporáneo y, en lealtad a la esencia creativa de su padre, mezclando fibras naturales con metales. 

Fique, plátano, palmas cumare y de seje, cuero —textiles con los que trabajaba Carlos—, alpaca, baby alpaca, lana —importados de Perú—, seda, caña de pescar y crin de caballo, se entrelazan con hilos de cobre, acero inoxidable y otros metales bañados en plata. El resultado se materializa, entre otras piezas de interiorismo, moda y arte, en el sello del estudio textil: sus tapetes y su reinvención de las mochilas colombianas, que también se realizan con materiales como terciopelo inglés. 

Su crecimiento ha sido exponencial: en 2014 la compañía tenía 12 empleados; en 2017, 15; y hoy el equipo suma 65 personas. En su trayecto, además, Verdi ha colaborado con íconos internacionales del diseño colombiano, como Esteban Cortázar y Johanna Ortiz, ha expuesto en ámbitos tan prestigiosos como la concept store parisina Colette, y adquirido una clientela destacada que incluye a figuras como Stefan Persson (principal accionista de H&M), Juanes, Paola Turbay, Sofía Vergara y Nina García.

 “Quisimos reinventar nuestra tradición artesanal al crear un producto de verdadero lujo colombiano. Ha sido un reto porque la gente suele asociar las artesanías con costos bajos y es un error, son productos a los que no se les da el valor que merecen”, cuenta Tomás desde el actual showroom de Verdi, en el barrio Las Ferias de Bogotá. 

Las manos artesanas 

Confeccionar la mochila Verdi, que se lanzó al público en 2015, le toma una semana a un artesano que ya domina la técnica. Pero un aprendiz tardaría un mes en elaborarla. En el caso de sus tapetes, el tiempo de entrega es de dos a tres meses, ya que su fabricación es minuciosa, detallada y larga. Por una sola pieza pasan las manos, el trabajo y el saber de aproximadamente diez personas.

“En el caso del fique, por ejemplo, la fibra se extrae de la planta, en Curití, Santander; ahí también lo tinturan y lo hilan a mano. Después llega a Bogotá, lo torcemos, de un cabo pasa a dos cabos, luego van a los telares manuales, los que eran de mi padre, que son operados por dos personas simultáneamente. Finalmente se le pone el látex para darle consistencia, se corta y se le pone el borde, que también es tejido a mano. Ahí se empaca y está listo para entregar a nuestros clientes”, explica Tomás.

 “Nuestra misión siempre ha sido crear un lujo sostenible”, agrega. Para lograrlo, el trabajo mancomunado con personas de la ruralidad colombiana ha sido esencial: 18 familias en Curití extraen de manera responsable y sostenible el fique, mientras que seis más hacen lo mismo con las fibras de plátano y cumare en Amazonas, y otras seis en Cauca proveen la seda. 

Muchas de estas familias comenzaron sus vínculos laborales con los Vera en los años en que Carlos creaba sus prototipos de tapetes; todas ellas han desarrollado un saber que se transmite generacionalmente y que es fruto de décadas de trabajo, paciencia y dedicación: cultivan, cortan, peinan, secan, tiñen —con tinturas ecológicas— y procesan las fibras naturales hasta convertirlas en los hilos que, en Bogotá, se transformarán en una obra maestra.