Por Alejandro Torres Parra

Azul planeta

Luce bien, sin duda, en el telón oscuro del universo. Un color único entre los vecinos. Es que mar y cielo son azules, del color de la inmensidad. ¿En serio son azules? ¿Alguien ha cogido una puñada de agua azul en el mar? ¿Cada metro de cielo es azul? ¿Pura ilusión? Al menos no como la de los cuentos de hadas, donde un tipo guapo, valiente, de grandes sentimientos, terrateniente y multimillonario es un príncipe azul. Es cuestión de física, de la dispersión (en el cielo) y de la absorción (en el agua) de la luz blanca. Así que, físicamente, somos azules. 

Inmensamente azules, aunque no todos lo vean: en la literatura de la antigua Grecia, según lo evidenció el británico William Ewart Gladstone, no se menciona una sola vez el azul; el mar, según Homero, era “oscuro como el vino”; los lenguajes antiguos de Biblia, Corán, cantos védicos, relatos chinos y sagas islandesas, de acuerdo con el filólogo Lazarus Geiger, hablan del cielo, pero no mencionan el azul… Así que en la Grecia donde el horizonte es azul, como en Santorini, no había palabra alguna para nombrar lo magnífico.

Zarpar de esta vida y cruzar el inframundo

Podía ser mucho más azaroso que combinar tiza o piedra caliza, malaquita u otro mineral de cobre y arena para crear el azul, hace unos 4.500 años, en el antiguo Egipto. Pero era difícil encontrar dosis y temperatura en una doble fundición. Y tal vez por eso, en la Roma imperial, donde además el azul era triste, luctuoso y bárbaro, se fue diluyendo. Sin embargo, los egipcios lo usaron, y mucho, porque lo consideraban benévolo y próspero, como para teñir tumbas y dioses según cuenta Kassia St Clair en ‘Las vidas secretas del color’. Y hasta para hacer que un animal perturbador en esta vida y en el inframundo, como el hipopótamo, fuera de cerámica de fayenza azul. Hoy se le dice ‘William’, tiene casi cuatro milenios y desde 1917 está en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, donde, escribe Isabel Stünkel, curadora de arte egipcio, es la “mascota no oficial”.


Un buen azul

En el Renacimiento, era el azul ultramar Excelso. Habían pasado muchos años para que el arte cristiano contemplara el azul como algo divino. Y buena plata. Porque desde la Edad Media, por allá en el siglo XII, cuando un abad llamado Suger de Saint-Denis consideró sacro y mariano el azul (en su caso el de vidrio coloreado con cobalto), los mecenas tuvieron que desembolsillar mucho para pagarles a los artistas que recibían el azul ultramar desde las minas de lapislázuli de Afganistán vía Venecia. Minas de donde salió el color que también tiñó el manto de un antiguo buda que el régimen talibán, en 2001, dinamitó tras casi 1.500 años. Lo que sí se puede ver muy bien es el azul ultramar de Baco y Ariadna, de Tiziano (1520) y de la Virgen en oración de Il Sassoferrato (1640-1650), en la Galería Nacional de Arte de Londres.

Los hay índigos

Como los de los jeans Los hay de Prusia, como los han usado Van Gogh, Monet o Anish Kapoor. Los hay originales, como el Klein Blue que registró el artista francés Yves Klein a mediados del siglo XX. Tensos, como el Azul profundo del cine o simbólicos como el Azul de Kieslowski. Sofisticados en las dosis precisas del diseño de interiores. Puede que haya más nostalgia que amor en la flor de nomeolvides. Y uno que otro mito en la hortensia. Serenidad: eso encuentra Andrés Gómez, consultor y estratega en comunicaciones y negocios de la firma Laberinto. Fascinación descifra Diego Pinzón, realizador audiovisual en la Universidad de los Andes. Ambos, fanáticos del fútbol y de Millonarios, cuya camiseta es azul intenso, como la de la Selección de Italia. La mitad de las Copas del Mundo del fútbol han sido azules si se suma a Uruguay, Argentina y Francia.

 

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