¿QUÉ ES LO QUE ME CREO QUE ME CREA?

 

Una creencia es esa, afirmación que consideramos una certeza, una verdad sobre nosotros
mismos, las relaciones, el mundo… Hay creencias que nos impulsan, que nos llevan al crecimiento y
que si nos detenemos a mirarlas, sentimos que nos dan fuerza y una sensación de expansión. Por el
contrario, hay otras creencias que nos limitan, “aprietan” y nos llevan a estar en tormento,
confusión y en la repetición de situaciones, relaciones o vivencias que no queremos para nuestra
vida. Identificar nuestras creencias es una posibilidad inmensa de autoconocimiento que nos abre
al a veces “temido” cambio; y digo “temido” porque este nos lleva a lo desconocido, a lo incierto, a
que tengamos que quitar las etiquetas que se han afianzado como certezas inamovibles. No
obstante, la otra cara de la moneda es que los cambios nos permiten descubrir y ampliar nuestra
visión, dándonos la oportunidad de crecer en bienestar.
Dentro de todo nuestro sistema de creencias, unas de las más importantes, son aquellas
que tienen que ver con nosotros mismos. Para bien o para mal, alimentan nuestro autoconcepto –
lo que pienso de mí – y nuestra autoestima -el valor y el aprecio que me doy -, y por lo tanto la forma
como nos desenvolvemos en la vida, nos enfrentamos a nuevas situaciones y establecemos nuestras
relaciones.

Parte de estas creencias fundamentales se han “instalado” en nuestra infancia,
principalmente entre los 0 y los 6 años. En este periodo de nuestra vida estamos en “modo esponja”
y absorbemos lo que nos dicen, cómo nos lo dicen y las experiencias que tenemos principalmente
con nuestros cuidadores y entorno familiar. Aunque estas ideas vienen de muchos años atrás, la
buena noticia es que en nuestro proceso de vida, si así nos disponemos, podemos darnos la
oportunidad de cuestionarlas y dejar aquellas que ya no queremos que nos sigan definiendo: “soy
feo y así nadie me va a querer”, “no valgo”, “no merezco”, “prefieren a otros antes que a mí”, “no
soy lo suficiente”, “no puedo”, “no soy capaz”, entre otras.

 

¿Cómo podemos darnos cuenta de lo que creemos?

1. Observando o escuchando lo que nos decimos a nosotros mismos con mayor frecuencia.
Ese “diálogo interno” que todos establecemos y que al prestarle atención, podemos
darnos cuenta qué nos repetimos sobre nosotros, la vida, los demás, el mundo, el trabajo,
mi pareja, mis hijos/as etc.

2. Si revisamos lo que hablamos con los demás, ¿qué pasa cuando hablamos de nosotros
mismos? ¿Qué solemos decir de nosotros? ¿Tiendo a hablar de forma negativa? ¿Qué
creencias se desprenden de esta forma de hablar?

3. Otra forma de reconocerlo, es a través de lo que sentimos. Nuestras emociones son
indicadores de lo que nos pasa, de lo que nos producen nuestras acciones, situaciones,
palabras y pensamientos y es por esto que estar atentos de esta dimensión, nos arroja
valiosa información para conocer lo que creemos. Para estar atentos a esta dimensión en
relación a nuestras creencias, propongo realizar el siguiente ejercicio: En un espacio
tranquilo, dándose un momento para sí mismo, lea en voz alta tres veces cada una de las
siguientes creencias y observe qué sentimiento aflora frente a ellas:

Soy valioso(a) tal y como soy / Yo soy capaz/ Merezco estar en bienestar/ Yo puedo realizar lo que me proponga/ Me siento seguro/a en mis relaciones

 

Escriba al frente de cada una el sentimiento que surge, y en una escala de 0 a 10 qué tanto
las creen, donde 0 es “no lo creo” y 10 es “lo creo totalmente”. Podrían determinar a
partir de este puntaje, ¿Qué sentimiento predomina? ¿qué tan presentes están estas
creencias en sus vidas? ¿Qué me permiten o me impiden hacer? y si quisiera creer más en
alguna de ellas, ¿cuáles son entonces las creencias que pueden ser más fuertes e impiden
lograrlo? Escríbanlas; este puede ser un inicio para cuestionar «verdades» que nos han
acompañado y que tal vez ya no necesitamos, ¿por qué no?

4. Por último, una vez sabemos cuáles son aquellas creencias que nos limitan, los invito a que
escojan de una a tres de las creencias identificadas – tal vez las más presentes – y escriban
en una hoja las respuestas a estas preguntas: ¿Si esa creencia sobre mí no estuviera qué
haría? ¿Cómo me sentiría? ¿Con quién hablaría? ¿Cómo hablaría? ¿Cómo sería la relación
conmigo y con los demás?

Un hombre encontró un huevo de águila y lo puso en el nido de una gallina de
corral. El águila fue empollada con la camada de polluelos y creció entre ellos.
Toda su vida, el águila hizo lo que hacían los polluelos de gallina, pensando que
era uno de ellos. Arañaba la tierra en busca de gusanos e insectos. Picoteaba y
cacareaba. Y se desgastaba las alas volando a pocos centímetros del suelo.

Pasaron los años y el águila llegó a ser muy mayor. Un día vio a un pájaro
magnífico volando sobre ella en el cielo sin nubes. Se deslizaba con grácil majestad
entre las poderosas corrientes de viento, sin apenas batir sus fuertes alas doradas.
La vieja águila lo contemplaba asombrada.
-¿Quién es ese? – preguntó
-Es un águila, el rey de los pájaros – dijo su vecina-. Su lugar está en el cielo y el
nuestro en la tierra: somos gallinas.
Y fue así como el águila vivió y murió como una gallina, porque eso es lo que
pensaba que era.

De Mello, A. (1990) Despierta. Madrid, España: Gaia Ediciones.

¿Cómo te gustaría terminar tu cuento?

Marcela Deckers Pinzón
Psicóloga Terapeuta

    Déjenos su comentario