Imaginemos un futuro, en un espacio donde las capacidades de soñar son infinitas, un espacio lleno de anhelos y metas por alcanzar que se conciben en nuestra mente con la ilusión de hacerlas realidad. El momento en el que nos permitimos soñar es justo cuando encontramos el punto de partida hacia un cambio y nos traza el punto de llegada de toda acción. 

Hoy más que nunca estamos necesitando de esa capacidad de soñar e impulsar, de manera colectiva, un movimiento de positivismo, de compromiso social y, particularmente, de retar nuestros estados de ánimo y de confianza sobre los tiempos que vienen, porque ese porvenir lo construiremos juntos y donde el pesimismo no tiene cabida.

Esta edición la empezamos bajo esa premisa y la trabajamos mientras más colombianos retomaban el rumbo de sus vidas y, al tiempo, el país buscaba reactivar su economía

En Amarilo teníamos la responsabilidad de lograr un equilibrio y, sobre todo, de incentivar que cada grupo de trabajo se apropiara de estas nuevas dinámicas con sus compañeros, sus jefes o sus colaboradores; al igual que la nueva interacción con las ciudades y con el entorno a medida que reanudamos más y más actividades presenciales y que repasamos nuestras reflexiones durante los meses de confinamiento y de restricciones.

La necesidad de retornar la mirada hacia lo natural. De volver a combinar, en un mismo espacio y en un mismo momento, palabras como naturaleza y arquitectura, que no son antónimas ni excluyentes. De integrar urbanismo y sostenibilidad.

Porque, por supuesto, hay también urgencias que nos hacen revisar de manera consistente la planificación de las ciudades y el espacio público, velando por la armonía con el ambiente y sin perder de vista la calidad de vida. 

Cómo, mientras trabajamos en modelos de alternancia, disponemos de nuestros espacios de trabajo en casas y oficinas y, de forma singular, cómo reinterpretar el uso de las calles, del transporte particular y público y de las oportunidades de entretenimiento dentro y fuera de los centros urbanos. Necesitamos encontrar la esencia de la función social, económica y ambiental de las ciudades. 

El gran dilema, como lo menciona David Adjaye en una de las citas de este número, es que las ciudades jamás están quietas y, si se mira bien, jamás deben estarlo. “Ninguna ciudad pertenece a alguna generación, todas pertenecen al futuro, a sus futuros”, dice uno de los hombres más influyentes de la arquitectura y del urbanismo en la actualidad.

Además, como queda claro en ese ejemplo que citamos en el último tramo de esta edición, el del distrito de Mariahilfer Strasse en Viena, la capital de Austria, las ciudades no se definen en una sola mirada ni en un solo trazo. Por eso imaginemos: qué lugares queremos habitar, cuáles podemos, cómo lo haremos y de qué manera se sentirá allí nuestra presencia de forma consciente. Cuál es nuestra huella y cómo queremos que sean hoy esos lugares, pero, particularmente, cómo queremos que los encuentren nuestros hijos y las generaciones que vienen. Y actuemos.

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