El Royal Albert Hall cumple 150 años. Fue la reina Victoria, en 1867, quien le dio vía libre a su construcción; así hizo posible el sueño de su difunto esposo, ‘Bertie’. Esta es la historia de uno de los grandes templos del arte y la cultura inglesa. 

Su construcción del Royal Albert Hall, la emblemática sala de conciertos de Londres, se podría resumir con dos historias de amor. La primera, la que dejaron plasmada para siempre en la cultura inglesa la reina Victoria y el príncipe Alberto; la segunda, la de la pasión que este sentía por el arte y la ciencia. 

Es 1851 y en el barrio donde nació la soberana de Inglaterra por ahora solo se vislumbra el Palacio de Kensington. Hay muy pocas edificaciones a su alrededor, predominan los espacios rurales y las ventas de frutas y verduras. Pero este paisaje cambiará pronto, a una velocidad vertiginosa.

 Justo en ese año, el príncipe Alberto y el inventor Henry Cole organizaron la primera Gran Exposición Universal. Seis millones de personas asistieron a esta feria –un número descomunal para la época–, que se llevó a cabo en Crystal Palace, una locación construida en Hyde Park para la realización del evento. 

La exposición dejó una jugosa ganancia económica con la que el príncipe pudo financiar la construcción de un complejo cultural que se levantaría muy cerca del Palacio de Kensington. ‘Bertie’, como llamaba la monarca a su pareja, soñaba con un conjunto de edificaciones que contara con una gran casa de las artes y las ciencias. Pero solo pudo imaginarlo, nunca lo vio construido porque murió después de sufrir fiebre tifoidea, en 1861; tenía tan solo 42 años.

 A pesar de su dolor, la reina decidió seguir adelante con la edificación que anhelaba su esposo fallecido. Así, en 1867, Victoria instala la piedra angular de aquella sala de conciertos y anuncia, ante más de diez mil personas, que se llamará The Royal Albert Hall, en honor a su pareja. 

La construcción se erige en tan solo cuatro años y es inaugurada por el príncipe de Gales y futuro rey, Alberto Eduardo, el 28 de marzo de 1871. Su madre, aunque presente en la ceremonia, estaba tan acongojada por el recuerdo de su esposo que es solo una silenciosa testigo del hecho.

Hoy, ese barrio vecino del Palacio de Kensington se conoce como Albertópolis y acoge al Royal Albert Hall y a nueve instituciones culturales más, entre estas, el Imperial College de Londres, el Museo de Arte Natural y el Royal College of Music.

La sala del Príncipe blog amarilo

Un reto de ingeniería 

Los trabajos de construcción de esta famosa sala comienzan poco después del 20 de mayo de 1867, cuando la reina oficializó su realización. Los hermanos Thomas y Charles Lucas asumieron la labor. Los encargados de diseñarlo fueron Francis Fowke y Henry Y. D. Scott, quienes hacían parte del Cuerpo de Ingenieros Reales y tomaron su inspiración de los antiguos anfiteatros romanos. 

El diseño del Royal Albert Hall se enmarca en la arquitectura italianizante, muy de moda en el siglo XIX en Inglaterra, y es el primer anfiteatro con domo en el mundo. Los materiales que utilizan son esencialmente ladrillo de arcilla rojo de Fareham, para el muro circular; terracota para el friso, y vidrio y hierro para el techo. 

El friso de la edificación es una valiosa obra que se comisionó a siete artistas reconocidos de la era victoriana. Estos diseñaron 16 secciones que representan los grandes logros del hombre a través de la historia. Se titula El triunfo de las artes y las letras. 

La instalación del domo es una proeza de la ingeniería civil de la época. La estructura de hierro pesa 338 toneladas y soporta otras 279 toneladas de vidrio. Para no ocasionar un desastre, los ingenieros contratados de la compañía Fairbairn primero armaron el domo sobre el edificio de sus oficinas. Luego, en 1869, lo instalaron con éxito sobre la gran pared circular del Hall. Desde entonces su estructura de hierro se ha mantenido intacta; aunque parte de su armazón de vidrio se vio afectada durante las dos Guerras Mundiales. La gran sala soñada por Alberto contaba, inicialmente, con una capacidad para acoger a 8.000 espectadores, pero hoy, por razones de seguridad, su aforo máximo es de 5.272 personas.

Secretos de otros cuatro escenarios icónicos

The Metropolitan Opera, Nueva York 

Este teatro se erigió, en buena parte, gracias a los directores de orquesta que han pasado por su foso. Entre ellos, el discípulo de Wagner, Anton Seidl; Toscanini y Mahler. Su director musical, desde 2018, es el canadiense Yannick Nézet-Séguin, el tercer músico en presumir este título desde la fundación del Met en 1883. 

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Concertgebouw, Ámsterdam 

En 1882, cuando el arquitecto Adolf Leonard (Dolf) van Gendt empezó a planear esta sala de conciertos, nunca pensó en su diseño acústico. No lo hizo porque, simplemente, en esos años no existía la ciencia de la acústica, que solo se desarrollaría en el siglo XX. Lo sorprendente es que este espacio, que acoge 800 conciertos anualmente, es famoso por su sonoridad casi perfecta. ¿Una simple coincidencia? Dolf ya no está aquí para responder esa pregunta

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Berliner Philharmonie, Berlín 

En la década de 1950, el arquitecto Hans Scharoun les presentó a sus ingenieros los bocetos de una edificación asimétrica que se construiría así para que la música, literalmente, estuviera en el centro de la sala. En ese entonces, sin animaciones 3D y con tan solo una escuadra y un compás, era muy difícil entender ese diseño que él proponía. La desconfianza reinaba en su equipo, sin embargo, la obra se hizo realidad y se convirtió en la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín, una de las salas de conciertos más importantes del mundo. 

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Teatro Bolshói, Moscú 

A lo largo de su historia, la casa de una de las compañías de ballet más grandes del mundo ha sufrido incendios, tenido varias reconstrucciones y superado las amenazas de demolición. En 1918, el líder soviético Lenin propuso su derribo por considerar que la ópera era un arte burgués, costoso e interpretado por arrogantes. Pero fueron Anatoly Lunacharsky, un defensor de la cultura y la estética de la antigua URSS, y Stalin (¡sorprendentemente!), quienes convencieron a Lenin de dejarlo en pie.

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