La resiliencia, la colaboración de las comunidades y la habitabilidad del espacio son, de acuerdo con el autor de estas líneas, los principios básicos para comenzar a construir la nueva arquitectura del mundo después de la pandemia.

 

Antes de la crisis sanitaria causada por el covid-19 vivíamos de una manera diferente. Solíamos habitar cuatro tipos de espacios principales, los de vivienda (ese “hogar” del que se habla en la editorial de esta revista), los productivos, los de ocio y los públicos. Estos dos últimos, por cierto, cumplen la labor de conectar a los anteriores. El tiempo que pasábamos en cada uno de ellos: en casa, en la oficina, en el bar o en el parque, dependía de nuestras ocupaciones y de nuestra voluntad.

 

Pero cuando llegó la pandemia no tuvimos otra elección que el confinamiento en nuestros hogares. Lo más cercano a ir de pesca era jugar Fishing Planet en la PlayStation. De repente, todas las actividades que realizábamos en esos cuatro espacios, las hacíamos en el único posible, nuestra casa, que no estaba adecuada para el teletrabajo, el telestudio, las rutinas deportivas, y para acoger a tantas personas al mismo tiempo.

 

Estos meses nos dejaron a todos muchas enseñanzas, y a los arquitectos nos envió un mensaje claro, para vislumbrar cómo será la arquitectura del futuro debemos tener muy presente lo que está sucediendo ahora. ¿Cómo hacer una proyección pensando en los cambios irreversibles y las realidades que se avecinan? Propongo que la hagamos revisando tres pilares fundamentales: la resiliencia, la colaboración en comunidad y habitabilidad del espacio.

La resiliencia y la peste

La primera es una palabra muy bella que ha ganado fuerza en los últimos años. Se refiere a nuestra capacidad de adaptación ante una situación difícil o frente a los cambios inesperados. Y es un concepto clave en la arquitectura, que a lo largo de la historia, y respondiendo a las pandemias, les ha brindado a las personas opciones de habitabilidad. Para explicarlo mejor, le propongo que revisemos la historia y esas perspectivas de adaptabilidad previas al covid-19, desde tres escalas distintas: el urbanismo, como macro escala; la arquitectura, como escala intermedia; y el mobiliario y el acabado; como escala más pequeña.

 

Recordemos los tiempos de la peste bubónica. Esta, en su segundo brote durante la Edad Media, entre los años 1.300 y 1.400, afectó especialmente a Europa después de ser esparcida por las rutas de comercio que conectaban Eurasia. En un artículo para el portal Rethinking The Future, escrito por Joelle Abou Mrad, se recuerda que en esa época no se sabía cuál era la naturaleza de la plaga y las autoridades actuaron basadas en el comportamiento del contagio. Así nació la cuarentena –esa que hemos vivido por etapas en este año–, que en el siglo XIV se convirtió en el único modo seguro y probado para escapar de la peste. Dicho método usaba a la arquitectura como resguardo.

 

El aislamiento y el distanciamiento humano cambiaron radicalmente el enfoque del urbanismo de entonces. Las ciudades europeas de alta densidad tuvieron que expandir sus fronteras, de esta forma pudieron contar con espacios menos comprimidos que permitían la adecuada circulación del aire. Durante este periodo la arquitectura perpendicular ganó fuerza por su ausencia de ornamentos innecesarios, semejando la austeridad que permite la sanidad.

 

La luz, el aire, el sol

En segunda instancia, la tuberculosis, que es casi tan antigua como la humanidad; y la gripe española, que causó más de 40 millones de muertes a nivel mundial entre 1918 y 1920, son las epidemias que mayor impacto han tenido en la arquitectura que habitamos hoy. Los médicos recomendaban, como parte del tratamiento ante estas enfermedades, la exposición al aire libre y a la luz solar.

 

Margaret Campbell abordó el tema en un interesante artículo publicado por la Cambridge University Press. En este texto revisa la influencia que tuvieron esos “ambientes sanadores” (o curativos), en el Modernismo y en la arquitectura del siglo pasado. Estos espacios permiten el contacto con la luz, el aire y el sol, tres características fundamentales en la obra del ícono modernista Le Corbusier. La autora nos recuerda que el maestro francés realizó unos detallados estudios y dibujos del Partenón y de sus proporciones ideales.

 

De la revisión minuciosa de ese monumento griego saldrían las bases de su estética modernista. Le Corbusier habló entonces de ‘Los cinco puntos de la arquitectura’, que incluían una planta libre, con la que se lograba una menor acumulación de polvo; una fachada corrida, una estructura soportada por pilotis, largas ventanas corredizas horizontales y un techo plano que serviría como terraza. En esta última zona las personas podían exponerse al aire libre y a la luz solar sin salir de su vivienda (la buena salud en las alturas del hogar). Sin embargo, fue la casa vernácula griega la que proporcionó la noción de habitar el exterior, ya sea como terraza, techo plano o solárium.

 

La tuberculosis y la gripe española trajeron transformaciones en el mobiliario y los detalles interiores. Se incorporaron los clósets para evitar un número innecesario de muebles y facilitar las labores de limpieza. Se popularizó la inclusión de acabados semejantes a los hospitales, como las baldosas blancas y los pisos de linóleo, que permiten una mayor higiene y les brindan a los espacios una sensación de salud y bienestar.

 

Gracias, vecino

Volvamos al siglo XXI. A la pandemia actual que, a pesar de sus dolorosas consecuencias, nos ha traído gratas experiencias, como la de compartir con nuestras familias, acercarnos a nuestros vecinos y colaborar entre todos. Ese habitar colaborativo es la idea principal del proyecto Housing Lab, creado por la italiana Chiara Gambarana, y el centro mismo de su concepto de diseño arquitectónico. Sus reflexiones son muy pertinentes.

 

En medio del confinamiento, “Descubrimos nuevas oportunidades para socializar con nuestros vecinos y para ayudarnos: organizamos servicios colaborativos como repartir las compras colectivas; realizamos actividades sociales en espacios comunes, como ver una película en el patio, o cenar juntos (pero a distancia), desde nuestros balcones. Esta pandemia nos ha hecho comprender el valor de pertenecer a una comunidad de vecinos. Espero que este valor esté cada vez más presente a la hora de diseñar nuevas viviendas y nuevas ciudades; al momento de crear más y mejores espacios comunitarios, que garanticen la sociabilidad y por tanto el bienestar que falta en nuestra sociedad ”, dice Gambarana. Aquí están las bases claras de la colaboración en comunidad. Y me uno a su interrogante final: “¿Será esta la clave para repensar la arquitectura después de una emergencia?”.

 

Naturaleza muerta

La habitabilidad en el espacio, el tercer pilar para crear una nueva arquitectura después del covid-19, hace referencia a cómo vivimos en un lugar desde el bienestar. La sociedad actual refugia su estabilidad mental y emocional en la dispersión de actividades y en la productividad. Dichos espacios productivos han estado, generalmente, ubicados en las urbes. Los tiempos de traslado entre los diferentes universos cotidianos (nuestra casa y la oficina, por ejemplo), y el aumento de la densidad poblacional, han provocado que las viviendas cercanas a los centros de trabajo sean las más apetecidas. Sin embargo, en medio de la cuarentena muchos de los espacios interiores fueron insuficientes para brindar el bienestar mental y emocional que requeríamos.

 

En una entrevista para el portal The Urban Developer, el profesor Paul Osmond de la Universidad de South Wales, en Australia, resaltaba la importancia de los entornos naturales en nuestras vidas: “Necesitamos la naturaleza, al menos poder verla; aunque lo ideal sería tener un contacto directo con ella, especialmente ahora, porque nos ayuda a calmar el estrés y a preservar la salud mental”. Y recordaba los postulados del escritor Richard Louv, autor del libro Los últimos niños del bosque (2005), quien habla del “trastorno por déficit de naturaleza”, que sucede cuando perdemos el contacto con los bosques, con el campo, con los entornos rurales. Osmond afirma que estar confinado dentro de una casa o un apartamento puede causarnos problemas de salud por algo tan sencillo (pero crónico) como la contaminación del aire que respiramos. Y ni hablar de las radiaciones de los móviles, los computadores, el microondas, el wifi; por nombrar algunas. Por eso es tan importante que la arquitectura se adapte a la habitabilidad del espacio.

 

Después de este recorrido creo que queda claro que hay una variedad de disciplinas a las cuales les compete la arquitectura. Y esa percepción encaja con la propuesta de Gambarana, quien plantea que la colaboración entre las comunidades puede ser la solución a la habitabilidad del futuro. Lo cierto es que la arquitectura tiene que democratizarse y lo arquitectos deben poner en primer plano a todos los entes participativos: los usuarios, los proveedores de materiales, y todos los demás actores que intervienen en el proceso, para retroalimentar este oficio. Existen plataformas de libre acceso, como ArchDaily o Architonic, que enfocan su contenido en divulgar el quehacer arquitectónico mundial y las últimas tecnologías en materiales, lo que permite a sus curadores entender los fenómenos urbanos de primera mano y de esta forma tener la posibilidad predecir tendencias. Ese parece ser el camino.