La orquesta de todos los bogotanos

La orquesta de todos los bogotanos

La orquesta de todos los bogotanos

Escrito por Esteban Forero

 

Este 2017, la Orquesta Filarmónica de Bogotá cumple cincuenta años de su creación. Medio centenar de años en los que el amor por la música clásica se ha difundido por todos los rincones de la capital y del país. Una orquesta que acerca la música sinfónica a todos lo públicos sin importar su edad u ocupación.

Tal vez la combinación del suave sonido de los violines con la imponencia de las trompetas y trombones nos haga pensar de inmediato en el impecable atuendo del público que asiste a sus conciertos, los inmaculados trajes de los músicos y los solemnes teatros en donde se dan cita el público y su orquesta. Pero la Orquesta Filarmónica de Bogotá rompe con el acartonamiento convencional que cubre con un aura de solemenidad y pone la música sinfónica en un punto tan alto que solo unos pocos saben o pueden apreciar. La Filarmónica de la capital de nuestro país acerca la música a su gente, la lleva hasta los rincones abandonados por la cultura, reúne a niños y ancianos, jóvenes y adultos. Y en este 2017, a los cincuenta años de su fundación, se le recuerda como una agrupación dinámica, versátil, no solamente por su puesta en escena, sino también por el público al que se dirije, y, sobre todo, por el variado repertorio y los conciertos que presenta.

Cincuenta años tocando con los grandes La Filarmónica de Bogotá ha roto el formalismo tradicional de los músicos vestidos de frac y sastres vistosos, y ha sonado con diversidad de ritmos y formatos musicales acompañando a grandes músicos de la escena nacional. Ha incluido en sus recitales conciertos tropicales y bailables con sonidos de la salsa del Joe y con el Joe, se ha empapado del color social del rap de Los Petit Fellas, ha tocado con el sonido afro de ChocQuibTown, la carranga de Jorge Velosa, el percutir de la marimba del pacífico de Hugo Candelario y el Grupo Bahía, los oleajes atlánticos del porro de María Mulata, Juancho Torres y su orquesta; ha acompañado la caliginosa y profunda voz de Totó la Momposina, ha reinventado los vallenatos románticos de Jean Carlos Centeno, Otto Serge o del guajiro Jorge Celedón; pero también ha estado en escena interpretando las profundas y conmovedoras canciones de Andrés Cepeda, Cabas y Fonseca, y ha llegado al metalizado sonido de las guitarras eléctricas de Kraken, la banda del recientemente fallecido Elkin Ramírez. La amplitud de su repertorio se extiende desde la música popular hasta la música sinfónica. Fue la primera agrupación instrumental latinoamericana en interpretar ciclos de compositores como el bohemio-austriaco Gustav Mahler o el húngaro Béla Bartók. A finales de marzo del presente año dedicó una serie de conciertos con directores invitados de Francia. Y en abril, celebra el festival Bogotá es la Rusia romántica, en el que se interpretarán obras de compositores como Tchaikovsky o magistrales obras como el Concierto No. 3 para piano de Rajmáninov. Los horizontes de las presentaciones de la Filarmónica parecen no tener límites. Han realizado conciertos didácticos en los que han contado con la actuación de humoristas como Andrés López, en el Festival Iberoamericano de Teatro de 2014 llevado a cabo en la capital, con los “14 cañonazos sinfónicos” donde interpretaron arreglos sinfónicos sobre temas como Mario Bros o sinfonías de Chopin, bajo el lema de la Filarmónica de Bogotá “la paz viene con música”.

Y así, contando con cientos de conciertos realizados al año en parques, iglesias, calles y plazas de la capital, y considerando que trasiega feliz por los colegios distritales de la ciudad, la Filarmónica trasciende las fronteras mismas de la capital del país llegando a ciudades como Tolú o Yopal, y haciendo que su versátil actuación la haya hecho merecedora de un Premio Grammy Latino por mejor álbum instrumental por su trabajo conmemorativo de sus 40 años, lo que le permitió salir de gira por Estados Unidos, Rusia y China.

Todo comenzó con una fundación Desde sus inicios en 1966 como una fundación conformada por no más de treinta músicos que, inspirados en los movimientos sociales y los nuevos espacios que la música exigía en la época, decidieron unir pasiones y formar un grupo de amantes de las melodías académicas bajo la consigna de la democratización y diversificación de la música orquestal sinfónica, limitada hasta entonces a los recitales formales que la Sinfónica de Colombia daba en el Teatro Colón de Bogotá. Un año después de su formación, el Concejo de Bogotá “adoptó” la fundación y la convirtió en la Orquesta Filarmónica de Bogotá, que llegaría a ser la fabulosa orquesta que conocemos hoy y que llevaría las hondas sinfonías de los maestros clásicos a todos los sectores de Bogotá, institucionalizando también sus conciertos en el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y en el Auditorio León de Greiff, además de los recitales dados por sus agrupaciones juveniles en todos los sectores de la ciudad

 

Fue tal su crecimiento y alcance cultural, que hoy existen diversidad de programas escolares de la Filarmónica que llegan a colegios distritales y que sirven de semilleros para las agrupaciones corales, grupos de cámara y orquestas juveniles que funcionan simultáneamente con la Orquesta. La Filarmónica: la reunión de los amantes de la música Hay que tener en cuenta que antes de la década del sesenta, la Orquesta Sinfónica de Colombia abanderaba la interpretación de repertorios de música clásica en la capital de nuesto país. Pero, como otras agrupaciones del mundo, solamente contaba con la participación de ciertos músicos y con la asistencia restringida de cierto público. Es por ello que nació la Filarmónica, una orquesta conformada, inicialmente, por treinta músicos que interpretaban un repertorio sinfónico con el que aspiraban a llegar al corazón de todos los sectores de la ciudad. En principio, las filarmónicas se diferenciaban de las sinfónicas por su propósito. Mientras las sinfónicas constaban de músicos profesionales que interpretaban importantes obras en inmensos teatros a los que asistían cientos de oyentes, las filarmónicas eran formadas por músicos aficionados que se reunían en salones a interpretar las mismas obras pero ante un público menos numeroso. No obstante, poco a poco las agrupaciones filarmónicas se hicieron más complejas y sus músicos aumentaron el rigor y la exactitud de sus interpretaciones a tal punto que hoy la diferencia entre una sinfónica y una filarmónica prácticamente no existe: son agrupaciones de un centenar de músicos, cifra que puede variar según la obra y la intención del director, que interpretan obras sinfónicas o arreglos musicales instrumentales compuestos por instrumentos de madera y viento como los oboes; viento y metal, como las trompetas y trombones; cuerdas, como los violines, violas, chelos y contrabajos; y percusión, como los timbales o el bombo. El rescate de un teatro tradicional Si bien la Filarmónica es una agrupación itinerante, capaz de tocar en parques, plazas o teatros, hasta el 2014 no tenía un lugar definido donde ensayar; sus músicos solían encontrarse en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional y se les podía ver alrededor de él o cerca al Conservatorio. Luego de inconmensurables esfuerzos administrativos, se inauguró el Teatro Taller Filarmónico, que nació tras la reconstrucción del Teatro Bogotá (también conocido como Teatro Cuba), que desde 1918 había servido para reunir a sectores obreros y populares del barrio Las Nieves y proporcionaba entretenimiento con la proyección de valiosas producciones cinematográficas. Así, este se convirtió en el centro de ensayo de la Orquesta y un lugar al que el público puede asistir para escuchar los ensambles de música de cámara y agrupaciones más pequeñas. De cualquier forma, bajo techo o al aire libre, la Filarmónica es una orquesta con el poder de llevar los más intensos y conmovedores sonidos de la música clásica a los más remotos rincones de nuestro país. Su espíritu artístico está inspirado en la felicidad de la gente, en permitir que su auditorio la encuentre a la vuelta de la esquina, en el parque del barrio, en la plaza de la localidad o en el patio del colegio. Nunca antes se había escuchado una institución con un sentido filantrópico tan hondo y concreto, que aúna emociones y enamora corazones de niños, adultos y abuelos de Bogotá y de todo el país.

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